28 mar. 2007

Tres poemas de Victor Ruiz

Atavismo adánico

Se escribe siempre al filo de la Nada.
Edmond Jabès.

Nombraremos, entonces, el abismo,
su silencio inaudito ante pasmosa
inexorable nada. Al filo de la noche
el reflejo trazaremos de las cosas,
por la palabra, apenas aludidas.

Será como parir el lenguaje
de Adán, frente al mudo
sin mácula cuerpo de Eva:
objeto omitido del signo,
libre de significados insignificantes;
sólo un referente de carne sin nombre,
y él, sin más palabras que el asombro
ante tanta materia afónica.

Desde el vértigo del verbo:
el NO de la escritura, gélido mutismo vertical,
impónese en la página
aferrada a lo incierto.

Quedará sobre lo blanco
la huella del azar de nuestra mano,
el párpado extenuado en la vigilia
y nosotros al acecho del vacío.

El Crucero/03/Dic./2006

Vigilias en blanco.
(Ejercicios del insomnio)



...el insonmio
prodiga eternos signos que enumero...
Ezequiel D'León Masís


No por azar, por insistencia,
ni por débil y endeble juego,
rompes en estético ruego
a dictar en blanca persistencia
la muda ciega escritura
que ojos deja sin sosiego
y del poema ceñida estructura.

Signo que arrojas insomne
sobre la noche, donde no cesa
la mano de trazar en su firmeza
el texto que ahora se te aviene,
y en noctámbulo ideograma
alerta la pupila apresa
la frase que en vela se derrama.


Ella no sabe que el infierno es la
ausencia…
Paul Verlaine

NO SU CUERPO en la noche falta,
no afilados sus dedos desgarrando
el borde de la espalda,
no el abismo de sus ojos
interrogando lo recóndito,
sino su ausencia,
las letras de su nombre socavando el vacío
ahora que de ella
ni cero en nada queda.

22 mar. 2007

La plenitud del Instante

El siguiente texto fue leído en la presentación del libro "Líricos Instantes", de Missael Duarte.
La plenitud del Instante.
Por Victor Ruiz

La imagen poética puede caracterizarse como un vínculo directo de un alma a otra, con esta frase de Gastón Bachelard, podría también describir la poesía de Missael Duarte, reunida bajo este lúcido cuaderno titulado “Líricos Instantes”. En efecto, en este conjunto de poemas, es evidente ese diálogo de pronombres que se lleva a cabo, desde un lenguaje sobrio y depurado, entre la amada y el yo lírico. Las palabras son puentes, vías de acceso que trazan sobre lo efímero esa llama que se consume al momento de ser nombrada, pero que queda resonando en ese instante donde siempre será ahora.
Instante en el que la experiencia del lenguaje toma forma para entregarse a intensidades sublimes, percibidas fuera de la experiencia sensible de la existencia, como bien nos dice Missael en “El Beso”, poema de gran aliento y belleza, basado en la escultura del artista francés Augusto Rodin, en el que la pareja de amantes en movimiento quedan retratados en una imagen, sólo captada por el lente del tiempo de la palabra poética: son instante sublime/trasmutado en forma manifiesta/ de inteligible IDEA inmutable.

En “Líricos Instantes”, la realidad queda replegada para dar paso al ideal, esa materia intangible en la que el verbo del poeta se encarna, no para atrapar una belleza abstracta, sino para intentar salvar al mundo de su transitoriedad, De ese mundo de fronteras, mentiras/que se difunden por los medios de comunicación/… de ese mundo donde las manos/usan armas, teología, computadoras, símbolos/y banderas, de ese mundo en el que la belleza ha sido suplantada por el signo del consumo es del que nos quiere salvar el poeta, para transportarnos en breve pausa de tiempo, como ráfaga de sombra, a ese segundo irrepetible en el que no hay nombres que nos denominen, luz y sombra, pasado y presente, sólo la misteriosa comunión de/dos hojas de cuerpo cubiertas.

Según Bachelard “…un breve poema, debe dar una visión del universo y el secreto de un alma, un ser y unos objetos, todo al mismo tiempo”, es decir, toda la materia del poema debe ser contemplada bajo el foco del instante. Ese instante en el que musa, ángel o duende trazan el camino a seguir por el yo lírico, para llegar a ese estado de concentración en el que se aquieta y aclara el espíritu, y así, dar inicio a la imago del lenguaje en plenitud de instante.


Víctor Ruiz
Estudiante de Lengua y Literatura Hispánicas en la UNAN-Managua
.

Fragmentos de "El libro de Yukel, de Edmond Jabès"

Aquí unos fragmentos de El libro de Yukel, del escritor Edmond Jabès, Egipto 1912-1991. Autor en el que el vacío toma forma a partir de la escritura. El silencio se consagra a la palabra que se aferra a la nada, a lo indicho. En Jabès, el lenguaje es un murmullo, apenas susurro que en afán de revelar un secreto, enmudece.

DE "EL LIBRO DE YUKEL" (fragmentos)


1. La parte del bien

Tú eres rico. La palabra te es dada.
REB ELAIM



(-¿En qué Piensas?
-En la tierra.
-Pero estás en la tierra.
-Pienso en la tierra en que estaré.
-Estamos uno frente a otro y tenemos los pies en la tierra.
-No conozco más que las piedras del camino que lleva,
dicen, a la tierra.

Si el árbol careciese de inteligencia, se derrumbaría.
Si el mar careciese de inteligencia, se devoraría.
El agua obedece al agua
y mantiene al pez.
El aire obedece al aire
y mantiene al pájaro.
Si el hombre careciese de inteligencia, reinaría la oscuridad en todas partes.
Tú darías alaridos por los caminos.
Tú maldecirías a tu prójimo.
Tú aplaudirías el incendio.
Tú cortarías en lonchas delgadas los senos de tu mujer.
Tú arrancarías la cabeza a los niños.
No quedarían ya flores.
Tú llevarías una corona de espinas.
Tú estarías solo, solo, solo;
pues, para ser dos,
HAY QUE SABER.)

Te dejé morir, Yukel. Estaba a tu lado cuando bebiste el veneno. Podía impedírtelo, pero tu mirada no toleraba que yo interviniese para modificar tu decisión. Asistí a tu agonía, en la
sombra. Tú mirabas fijamente la pared. No besaste una sola vez la imagen de Sara.
Bajé las escaleras de tu casa apoyándome en la barandilla. Estaba muy cansado. Temía al día, a la calle. Fui andando hasta mi morada y, en mi cama, dormí hasta el alba. Empezó para mí
una nueva vida; una muerte malaventurada. ¿Era quizá mi destino denunciar el sufrimiento de que te liberaste suprimiéndote? Pero yo no tengo ni oídos ni boca. Y nada atrae ya a mis ojos.
Tú eras mi respiración, y Sara el grito de mi verdad maltratada. La verdad es semejante a una adolescente. Se puede hacer todo con ella, pero también se puede hacer mucho por ella. Se puede morir o vivir bajo su ley.
Estaba a tu lado, Yukel, cuando tus manos se aferraban a la sábana. Tus estertores -¿tan débiles eran?- no inquietaban a nadie en torno a nosotros. Entraste enseguida en coma y te
quedaste rígido pocas horas después. No esperé a que viniesen a llamar a tu puerta. Huí.
Tu amante se marchitó en el infierno de las flores. La demencia, más tarde, la sostuvo. Se diría que sus gritos, hoy, son más desesperados. Manan de su ser dolorido, de ese cuerpo indefenso que el alma vuelve tan transparente como luz. Se ven sus huesos como un paisaje desvelado por la carne. Se ven los dientes a través de la mejilla.
¿Adónde iré, desdoblado?

Un escritor se evade con los vocablos y, de ellos, algunos, a veces uno o dos, le siguen a la muerte. Un vocablo es primero una colmena y después un nombre. Dos nombres se disputaban mi corazón y mi mente. Los encontré en la hondo de mí mismo y su existencia era la que yo había, en las tinieblas, vivido. Como tú, ayer, estoy agotado. Mi pasado está lastrado de expolios, de persecuciones. Mi pasado inclina la cabeza hacia un respaldo ilusorio, un hombro compasivo o mi mesa.
No tengo ya ambición. Soy el paso abierto de la luz adonde me arrojaste.
«¿Qué es un escritor? , preguntaba a un narrador célebre Reb Hod. ¿Un hombre de letras? No, seguro, sino una sombra que lleva a un hombre.»
Tú eras ese hombre, Yukel, ese hombre y ese mártir.
Me eclipsaré, en breve.
Volviste de los campos de concentración culpables para consagrarte a tu última hora y mis folios huelen a las cenizas de tu fe.
El libro es un momento de la herida o la eternidad.
El mundo se limita a nosotros.

2. Retrato de Sara y de Yukel en el grito

Manos huidas, aferradas a vuestras antorchas.
El cielo os ha confundido con pájaros.
El nido ha destronado al arco y al árbol.
REB LEZER


Este trazo blanco en la página blanca es el trazo del grito.
Ya no teme al obstáculo.
No le estorba la tinta.
¿Deja el ave una huella de su vuelo?
Tú sigues con la mirada al pájaro.
Aquí, el oído es el orden.

(«El ojo hace ver lo que escucha, lo que cata, lo que
palpa. Yo soy todo ojos en mi cuerpo.»
REB GAMRI)


Y Yukel dijo:

¿Quién sabrá beber en mis palabras?
¿Lo he sabido hacer yo acaso?
En mi libro, en el seno de la soledad,
tu soledad me es, para siempre, debida.

* * * * *

3. En ningún momento describí vuestro rostro

El objeto aumenta el objeto.
REB SAFAB
Yo bailo -Dios es mi Idea.
REB KARAM


«¿Qué es una idea?
Una bailarina.
Sobre una música de circunstancias,
baila.
Aplaudid, aplaudid, hermanos,
el espectáculo.
Las ideas aspiran a complaceros.
Ballet de mi vida.
Ballet de mi muerte.
No provoquéis a las bailarinas. Pueden
ser crueles.
Dadles vuestro amor, hermanos. .
Son hermosas.»
Reb Elamí

«Llevo dentro de mí los desiertos, la arena caliente del silencio. El mar en torno, el mar a lo lejos es, en mis hombros, el chal ribeteado de flecos que el temblor de la voz en la plegaria
ondula.»
Reb Sim


«Dialogo, en mí mismo, con el otro. Reflexión. Pensar es andar tras una pregunta.»
Reb Ivel
«No confundir idea con pensamiento, danza con daga.
-Precisión del golpe asestado, imprecisas respuestas de la víctima.»
Reb Velad

«Sangrienta zancada. Golpeas para avanzar. El pensamiento es cincha y es cuchillo.»
Reb Ladev

Y Yukel dijo:

En ningún momento describí vuestro rostro;
amantes desembriagados, aislados en los días y las noches de mis libros,
pese a que no faltaron pretextos ni ocasiones.
El rostro de la esperanza es una espiga.
El rostro del dolor, un espejo.

* * * * *

4. Diario de Yukel

Era mi calle, mi barrio. Existían antes que yo.
¿Quién robó el joyero? ¿Quién me expulsó de mi lecho de terciopelo?
Oriente es un rubí en la frente de una mujer. Yo era la lámpara
de cuentas del palacio. Soy un pedazo de vidrio en el camino.
REB LAHAN
Dios está adosado al muro venido a menos del Templo.
Ninguna morada, a partir de ahora, será nuestra.
REB NALEH

5 de octubre
Me he mirado al espejo y he visto a un adolescente de ojos más grises que el cielo en invierno
cuyas lágrimas hacían pareja con la lluvia tras el cristal.
Rostro de mi rostro.
Fulano de Tal, soy yo, Yukel
en su alma acosada.
El rehén.

9 de octubre
No pienso en mí. Pienso en mí en los demás, en su hostilidad documentada. Pienso en mí en el
amor de Sara.
Un lazo en el que el lazo es el arma.

12 de octubre
Debo perder la costumbre de ejercer mi pensamiento.
Algún día, recobraré mi pluma, mi voz.
¿Sabré emplearlas?
La página blanca es página de paciencia.
Sombra gigantesca.
Sombra de las sombras desparramadas por el mundo.
La noche es una mariposa nocturna en la noche de las lámparas.

Me han venido a visitar mis antepasados.
No tengo, con ellos, en común más que la palabra conservada en los pliegues de la palabra.

15 de octubre
La vida ha adoptado las facciones del enemigo y la muerte mi rostro enemigo.

16 de octubre
Fraternales.
como el hambre con el hambre.
Como la hoja con la hoja.
Como el rayo con el rayo.

3 de noviembre
Pronto, pasaré quizás inadvertido.
Habrán ganado.

6 de noviembre
Cuerpo vulnerable, puesto a la puerta.
El alma posee toda la ciencia del silencio.

9 de noviembre
El mundo es un fanal de memoria.
Estrella, olvido que parpadea.

13 de noviembre
«La boca es el manantial más pequeño, decía Reb Albaglí y sin embargo calma la sed de la
humanidad.»

* * * * *

5. Diario de Sara I

Me duele ya ti te duele por mí.
Hacer daño, lo que puedo ofrecer para una partición.

7 de marzo
No escribiré nada acerca de lo que he visto. Escribo al pie del instante que esquivo, a rastras
de una pregunta preñada de preguntas.
El mar es mi casa.
No escribiré nada acerca de la calle, el follaje del árbol ahogado.
No escribiré nada acerca de la bestialidad de los hombres, la palabra profanada.
Inocente y culpable, distanciada en el corazón y en los ojos de mi padre y de mi madre,
por una resurgencia de demencia
cuyas gradas son las piedras calcinadas.
Sola, en mi terror a mirar por encima de la tapia.
Sola, en mi penumbra obstinada.

8 de marzo
El cielo ha sido restituido al cielo, esta noche. Todas las estrellas han vuelto a ocupar su
lugar.
Me maravillo, pese a que cada una, salida ilesa del fuego, me designa para el exilio.

10 de abril
Tumbas de día.
Mi pena cuenta las lápidas y yo soy el lagarto en los intersticios.

11 de abril
Opongo a la vida la verdad del vacío.
Mis orillas no tienen agua.

No nos debatimos en el fondo del río, sino en la superficie.

17 de abril
¿Es la muerte el gusano en el fruto o es el sol del verano?
El invierno de mi vida cuelga de mis pestañas, de mis labios.
La primavera es nuestra estación interna, la única.
El cielo del alma tiene trescientas sesenta y cinco veces la dimensión del cielo.
Primavera tardía, primavera sorprendida por el rayo.
Por donde paso no hay alameda.

23 de abril
Formo, con mis brazos sumergidos, el arco de un puente improvisado.
¿Pero en qué país, en qué continente?

Hermoso arcoiris cautivo,
¿dónde me es más querido?

Elogiar el lazo, ceñir el signo.
¿Acaso ya no es redondo el mundo?

3 de mayo
Ceder la palabra al alero.
Peligrosamente en pie, como un bolo.
Caigo, con cada jugada.

4 de mayo
Mi sueño leve, mi sueño de corcho tapona mi vida.
Una botella al mar.

6 de mayo
Trato de entender, de aunar mis fuerzas.
Me he encarnizado tanto con mi cuerpo que me he quitado casi todo el peso de encima.
¿Tenía hambre antes de conocer el hambre?
En mi transparencia, como bajo la mancha de tinta, el folio adelgazado por el borrador.

15 de mayo
Un árbol al pie del cual me tumbaré para asociar, merced a sus ramas, el cielo y mi
insensibilidad.
Ser dos en lo mejor del mármol compartido.

16 de mayo
La verdadera muerte se encuentra en un cielo acabado y no en un valle de falsas apariencias.
Yo velo, harta de vigilias.
Tan ruin
Tan abajo.

11 de junio
Dudar quizá sea abolir los límites, girar en torno al dado.
Tierra, tierra donde todo es sencillo.
Dios es la duda.

12dejunio
Libre, engañada.
El agua perfecta negada a la lengua del faro.

21 de junio
Me hubiese gustado ser únicamente un canto; mi vida así habría podido durar.

Pero sí que duro. Ahí duele.
El marfil de una devoción.
Yo soy más dura que la duración

18 de julio
La rada tiene el pudor de una paleta prendada de la madera más que de los colores.
He agotado la espuma, las sobrecargas, las irrupciones.
Después de haber sido de carne, era natural que el mármol tratase de volver a ser mármol.

19 de julio
Partir el pan de los demás para los demás. El mío es pan duro.

22 de julio
Miro largo rato a los seres, las cosas, antes de verlos; después me acostumbro a su presencia
y desaparecen sin hacer ruido.

23 de julio
No el silencio de la madera sino el silencio de la piedra. No la ausencia de la voz que el
recuerdo puede traicionar sino la de la confesión del gusano al limo feraz.

27 de julio
Subterránea, como los veneros.
Y nada, en el horizonte, salvo un venero.

31 de julio
Podemos imaginar un rostro en el vacío; en ese caso el vacío nos llama la atención por su
parecido a nosotros.
¿Es a mí a quien miro de hito en hito?
La sombra es dominada por la sombra, como la mano por la mano mayor.

8 mar. 2007

Poema de Juan Chow

La muerte no tendrá dominio
(Dylan Thomas/Inglaterra.1914-1953)

A los amantes de entreguerras que perecieron
de amor bajo las bombas, haciendo de sus lenguas
bayonetas; no más sus limpios huesos se
dispersen armando un solo muerto con los
muertos, démosles una trompeta para cantar
victoria, puesto que sus caídas nos revelan
que por más que fúsil sobre fúsil yazga en mundo,
en esta sobre producción de cadáveres en celo
la Muerte no valdrá un centavo.

Juan Chow
Febrero 2007
( De poemas feos y El Evangelio según Juan Chow)

7 mar. 2007

Un cuento de Salvador Elizondo

La historia según Pao Cheng

En un día de verano, hace más de tres mil quinientos años, el filósofo Pao Cheng se sentó a la orilla de un arroyo y se puso a adivinar el futuro en el caparazón de una tortuga. El calor y el murmullo del agua, sin embargo, pronto hicieron vagar sus pensamientos. Olvidándose poco a poco de las manchas en la concha de tortuga. Pao Cheng comenzó a inferir la historia del mundo a partir de ese momento. “Como las hondas de este arroyuelo –pensó--, así corre el tiempo. Este pequeño cauce crece al fluir; pronto se convierte en gran caudal hasta que desemboca en el mar, cruza el océano, asciende en forma de vapor hacia las nubes, vuelve a caer sobre la montaña con la lluvia y luego desciende otra vez convertido en este mismo arroyo…” Éste era, más o menos, el curso de sus ideas y así, después de haber intuido la redondez de la tierra, su movimiento en torno al sol, la traslación de los demás astros y la rotación propia de la galaxia y del mundo: “¡Bah! –exclamó--, este modo de pensar en las estrellas me aleja de la Tierra de Han y de sus hombres que son el centro inmóvil y el eje en torno al que giran todas las humanidades que existen…” Y al pensar en los hombres volvió a pensar en la historia. Desentrañó, como si estuvieran grabados en el caparazón de la tortuga, los grandes acontecimientos futuros, las guerras, las migraciones, las pestes y las epopeyas de todos los pueblos a lo largo de los milenios. Ante los ojos de su imaginación caían las grandes naciones y nacían las pequeñas que después se hacían grandes y poderosas antes de caer a su vez. Surgieron también todas las razas y las ciudades habitadas por ellas que se alzaban un instante majestuosas y luego caían por tierra para confundirse con la ruina y la escoria de las generaciones. Una de estas ciudades entre todas las que existían en ese porvenir imaginado por Pao Cheng llamó poderosamente su atención; su divagación se hizo más precisa en cuanto a los detalles que la componían, como si esa ciudad encerrara el enigma directamente relacionado con su persona. Aguzó la mirada interior y trató de penetrar todos los accidentes de esa topografía increada. La fuerza de su imaginación era tan grande que se sentía caminar por sus calles; levantaba la vista azorado ante la grandeza de las construcciones y la belleza de los monumentos. Largo rato paseó Pao Cheng por aquella ciudad mezclándose con sus habitantes ataviados con extraña vestiduras y que hablaban una lengua lentísima, incomprensible, hasta que, de pronto, se detuvo ante una casa en cuya fachada parecían estar inscritos los signos de un misterio que lo atraía irresistiblemente. Por una de las ventanas del edificio pudo vislumbrar un hombre que estaba escribiendo. En ese momento Pao Cheng sintió que allí pasaba algo que le interesaba íntimamente. Cerró los ojos y acariciándose la frente perlada de sudor con las puntas de sus dedos alargados trató de penetrar con el pensamiento en el interior de esa habitación en la que el hombre estaba escribiendo. Por un esfuerzo de la imaginación se elevó del pavimento y cruzó el reborde de la ventana que estaba abierta, por la que se colaba una brisa fresca que hacía temblar la cuartillas, cubiertas de incomprensibles caracteres, que yacían apiladas sobre la mesa. Conteniendo la respiración, Pao Cheng se acercó al hombre cautelosamente y se asomó por encima de sus hombros. El hombre no hubiera notado su presencia pues parecía absorto en su tarea de cubrir aquellas hojas de papel con esos signos cuyo significado todavía escapaba al entendimiento de Pao Cheng. De vez en cuando el hombre se detenía, miraba pensativo por la ventana, aspiraba un pequeño cilindro blanco que ardía en un extremo y arrojaba una bocanada de humo azulado por la boa y por las narices; luego volvía a escribir. Pao Cheng miró las cuartillas que yacían en desorden. Comenzó a descifrar las palabras que estaban escritas en ellas y su rostro se nubló. Un escalofrío de terror cruzó, como la reptación de una serpiente venenosa, el fondo de su cuerpo. “Este hombre está escribiendo un cuento”, se dijo. Pao Cheng volvió a leer las palabras escritas sobre las cuartillas. “El cuento se llama La historia según Pao Cheng y trata de un filósofo de la antigüedad que un día se sentó a la orilla de un arroyo y se puso a pensar en…” “¡Luego yo soy el recuerdo de ese hombre y si es hombre me olvida moriré!...”

El hombre, no bien había escrito sobre el papel las palabras “…si ese hombre me olvida moriré”, se detuvo, volvió a aspirar el cigarrillo y mientras dejaba escapar el humo por la boca su mirada se ensombreció como si ante él cruzara una nube cargada de lluvia. Comprendió en ese momento que se había condenado a sí mismo, para toda la eternidad, a seguir escribiendo la historia de Pao Cheng, pues si su personaje era olvidado y moría, él, que no era más que un pensamiento de Pao Cheng, también desaparecía.

Fragmento de la novela Thomas el oscuro, de Maurice Blanchot

Fragmento imprescindible del capítulo IV de Thomas el oscuro, novela del escritor francés Maurice Blanchot, autor de La escritura del desastre, El espacio literario, El diálogo inconcluso, El libro por venir y El paso (no) más allá.

Thomas se quedó leyendo en su habitación. Estaba sentado, con las manos enlazadas sobre la frente, los pulgares apoyados contra la raíz de los cabellos, tan absorto que ni se inmutaba cuando alguien abría la puerta. Los que entraban, viendo el libro abierto siempre por las mismas páginas, pensaban que fingía leer. Pero leía. Leía con cuidado y una atención insuperables. Estaba, ante cada signo, en la situación en que se encuentra el macho cuando la mantis religiosa va a devorarle. Uno y otra se observaban. Las palabras, extraídas de un libro que cobraba una fuerza mortal, ejercían sobre la mirada, que las tocaba, una atracción dulce y placentera a la vez. Una a una, como un ojo medio cerrado, se dejaban penetrar por la intensa mirada que en otras circunstancias no habrían soportado. Thomas se deslizó, pues, por aquellos pasillos, indefenso, hasta que fue sorprendido por la intimidad de la palabra. No era para alarmarse todavía, al contrario, era un momento casi agradable que le hubiera gustado prolongar. El lector consideraba felizmente aquella chispa de vida que no dudaba haber avivado. Se veía con placer en aquel ojo que le veía. Su placer se hizo incluso demasiado grande. Se hizo tan grande, tan implacable, que lo soportó con una especie de terror y que, incorporándose, momento insoportable, sin recibir de su interlocutor ningún signo cómplice, percibió toda la extrañeza que había en ser observado por una palabra como por un ser vivo, y no únicamente por una palabra, sino por todas las palabras que habitaban aquella palabra, por todas aquellas que la acompañaban y que, a su vez, contenían en sí mismas otras tantas palabras, como una procesión de ángeles desplegándose al infinito hasta el ojo de lo absoluto. Lejos de apartarse de un texto tan bien defendido, se entregó con todas sus fuerzas a apropiárselo, rehusando obstinadamente retirar la mirada, creyendo ser todavía un lector profundo, cuando ya las palabras se apoderaban de él y comenzaban a leerle. Estaba atrapado; moldeado por manos inteligibles, mordido por un diente rebosante de savia; penetró, con su cuerpo vivo, en las formas anónimas de las palabras, entregándoles su sustancia, fundando sus relaciones, ofreciendo a la palabra ser su ser. Durante horas permaneció inmóvil, con la palabra ojos, de cuando en cuando, en el lugar de los ojos: estaba inerte, fascinado y desnudo. Incluso más tarde, cuando entregado a la contemplación del libro se reconoció con desagrado bajo la forma del texto que leía, estaba convencido de que en su persona, privada ya de sentido, habitaban palabras oscuras, almas desencarnadas y ángeles de palabras que le exploraban afanosamente, mientras encaramadas sobre sus hombros la palabra El y la palabra Yo iniciaban la masacre.

Fragmento extraído de la nueva versión de Thomas el oscuro, de la traducción de Manuel Arranz, publicada en la Editorial Pre-textos.

Fragmento de Cobra, novela de Severo Sarduy

Aquí un espléndido fragmento de Cobra, novela escrita por Severo Sarduy, poeta, ensayista y novelista cubano.

Del pene brotan dos ríos –tu piel es un río--: uno, impetuoso, asciende por el lado derecho del cuerpo, ronco, arrastrando arena –te cubro de yeso, con tinta negra y un pincel finísimo te dibujo ascendiendo por el lado derecho, en torrente que con mi respiración crece, engarzadas una en las otras, las consonantes;--; el otro, manso, claro, sube por el costado izquierdo, lentas espirales verdes, algas en los meandros, rumor de polen cayendo, transparencia –te dibujo las vocales.


El centro de tu cuerpo:
seis corolas,
seis nudos,
seis parejas templando.

El semen retenido:
sílabas que se anudan:
ajorcas los tobillos,
letras las rodillas,
sonidos las muñecas,
mantras el cuello.
El semen retenido:
serpiente que se enrosca y asciende: cascabe-
les entre las bisagras de las vértebras alrede-
dor de los huesos aros de escamas y piel
luciente: aceitados cartílagos se deslizan, ci-
ñen la médula.
Loto que estalla en lo alto del cráneo. Pensa-
miento en blanco.
Una línea negra limita la figura,
tres canales la surcan
que interrumpen flores

el cuerpo
tres ejes
letras los pétalos.