21 mar. 2012

HERNÁN CORTÉS Y SUS CRONISTAS: LA ÚLTIMA CONQUISTA DEL HÉROE

Beatriz Aracil VarónProfesora de Literatura Hispanoamericana, Depto. de Filología Española, Lingüística General y Teoría de la Literatura, Facultad de Filosofía y Letras, Universidad de Alicante, España. Email:beatriz.aracil@ua.es

10 jun. 2009

Walter Benjamin, algunas instantáneas.


Treize –j´eus un plaisir cruel de m´arrèter
Sur ce nombre.

Marcel Proust

Le reploiement vierge du luvre, encore, prète à
Un sacrifice dont seigna la tranche rouge des
Anciens tomes; l´intruduction d´une arme, ou
Coupe-papier, pour établir la prise de posesión.

Sthéphane Mallarmé




I. Los libros y las prostitutas pueden llevarse a la cama.

II. Los libros y las prostitutas entrecruzan el tiempo. Dominan la noche como el día y el día como la noche.

III. Nadie nota en los libros ni en las prostitutas que los minutos les son preciosos. Sólo al intimar un poco más con ellos, se advierte cuanta prisa tienen. No dejan de calcular mientras nosotros nos adentramos en ellos.

IV. Los libros y las prostitutas se han amado siempre con un amor desgraciado.

V. Los libros y las prostitutas tienen cada cual su tipo de hombre que viven de ellos y los atormentan. A los libros, los críticos.

VI. Libros y prostitutas en casas públicas… para estudiantes.

VII. Libros y prostitutas: raras veces verá su final quien los haya poseído. Suelen de desaparecer antes de perecer.

VIII. Qué gustosa y embusteramente cuentan los libros y las prostitutas cómo han llegado a ser lo que son. En realidad, muchas veces ni ellos mismos se dan cuenta. Durante años se cede a todo “por amor” hasta que un buen día aparece en la calle, convertido en un voluminoso “corpus” que se pone en venta, “por amor a la causa”, nunca había pasado de ser un vago proyecto.

IX. A los libros y a las prostitutas les gusta lucir el lomo cuando se exhiben.

X. Los libros y las prostitutas se multiplican mucho.

XI. Libros y prostitutas: “vieja beata –joven golfa—“. ¡De cuántos libros proscritos antaño no ha de aprender hoy la juventud!

XII. Los libros y las prostitutas ventilan sus discusiones en público.

XIII. Libros y prostitutas: las notas al pie de página son para aquéllos lo que, para éstas, los billetes ocultos en la media.




30 abr. 2009

Coños, de Juan Manuel Prada.


Una paranoia perversa me invade al leer cada página de este maldito y hermoso libro. El erotismo, la pornografía, la trasgresión y lo perverso recorren cada línea de esta arqueología del coño. El coño de las niñas, El coño de las putas, El coño de las viudas, El coño de alquiler, El coño de las sonámbulas. Es por eso que quien no sepa de coñometría, ni sea un coñofílico declarado, se abstenga de abismarse en este delirante opúsculo del coño. Sirvan estos fragmentos como invitación a la erección, eyacula indefenso ante una huérfana e hirsuta hendidura, envérgate a sus pálidos muslos y sueña con orificios blandos.


La vecina de enfrente


Durante la adolescencia, Silvia y yo fuimos novios en la distancia, cada uno a un extremo de la ciudad, criaturas suburbiales que vivían entre la nostalgia y el amor nunca consumado. Fue entonces cuando recurrimos a un sistema de comunicación que ya Noé empleó cuando el Diluvio: las palomas mensajeras. En las patas de aquellas palomas sabias atábamos nuestros mensajes arrebatados, borrosos de tinta y de lágrimas, llenos de metáforas becquerianas y orgasmos sentimentales. Después, cuando nos hicimos mayores, nos fuimos a vivir al centro de la ciudad, y, sin saberlo -sin acuerdo previo, por capricho del azar, imposición del destino o lo que fuera-, coincidimos en el mismo edificio, vecinos uno enfrente del otro. Con gran consternación, renunciamos al intercambio de los mensajes volátiles y decidimos -puesto que las palomas languidecían por falta de trabajo y ya ni siquiera zureaban- organizar un banquete fúnebre en el que asamos a las atribuladas mensajeras y nos las comimos con huesos y plumas y pico. Pero la vida seguía, y pronto hallamos otro sistema de mensajería: había un tendedero en el patio de luces que unía la pared de su casa con la pared de la mía a través de un intrincado ingenio de cuerdas y poleas, y allí, cada mañana, Silvia me dejaba, sujetas por pinzas, sus braguitas del día. Yo, entonces, tiraba de la cuerda y me acercaba aquel mensaje fragante, aquel retazo de tela mínima que me hablaba de ella y de sus inquietudes amorosas con una elocuencia anterior a las palabras. Aquellas braguitas blancas, negras, malvas o asalmonadas, eran el lacre en el que Silvia estampaba su coño huérfano, la esponja que recogía el fruto de tantos besos y caricias que se prodigaba ella a sí misma en la soledad célibe de su piso. A veces, sus braguitas revelaban un coño timorato, más flaco que el espíritu de la golosina, enjuto y seco como el papel secante, y otras traían el testimonio de un coño opulento, dulzón como una fruta tropical, chorreante de almíbar y ambrosía, derretido como una gran gota de miel. Había veces que las braguitas me hablaban de un coño náutico que se iba al mar a bordo de una chalupa y volvía impregnado con un aroma de sal y madréporas, y otras veces me transmitían el grito doloroso de un coño abierto en canal y sangrante. Todos aquellos mensajes me enternecían y despertaban oscuros anhelos, oscuras tentaciones, oscuras inminencias de placer. Silvia aguardaba al pie del tendedero una respuesta con esa expectación de las novias decimonónicas que esperan la llegada de su novio acodadas en el balcón. Pero esa respuesta no llegaba nunca, porque mis calzoncillos no servían para transmitir los infinitos matices del sentimiento (yo no tenía un coño que estampase lágrimas, risas, sangre o veneración), y, además, atentaban contra las reglas más elementales de la higiene. Pero, ¿acaso puede exigirse a un hombre soltero, carente de lavadora y hasta de detergente, que mantenga sus calzoncillos limpios? Silvia, entretanto, languidecía al otro lado del patio de luces.
Ya ni siquiera zureaba. Cualquier día de éstos, tendré que organizar otro banquete fúnebre. Y esta vez, además de fúnebre, será caníbal.

El coño de las lesbianas

Hay una convención de lesbianas que nos espanta a los clientes del hotel. Las lesbianas, que llegan en manada, alborotando el vestíbulo de pancartas y consignas feministas, practican un corporativismo feroz, más feroz aún que el de los médicos, jueces o abogados. Las lesbianas son mozas muy garridas que me recuerdan, más que a las zagalas de Sanazzaro o Jorge de Montemayor, a las serranas del Marqués de Santillana, que cargaban a hombros con los viajeros que se aventuraban por sus dominios y luego se los trajinaban en cualquier andurrial o despeñadero.
Uno, que ha leído mucho a Proust, pese a trabajar como recepcionista en este hotelucho, espera que algún año, entre la tropa belicosa de lesbianas, haya una similar a la Albertine de Au recherche, o a cualquiera de esas gomorrianas sublimes que Proust conoció en el balneario de Balbec, pero la naturaleza contradice al arte. Frente a las lesbianas de los libros, muchachas en flor que miran por el rabillo del ojo y perpetran malicias, las lesbianas de las convenciones aparecen como facción de mujeres selváticas y algo rancias, más representativas de la vulgaridad que de otra cosa.
Las lesbianas se encierran en sus habitaciones, después de inscribirse en la recepción, para reposar el viaje, y se mezclan entre sí. Forman un harén de sirenas mollares, inflamadas por la incomprensión de la sociedad. Una vez instaladas, empiezan a oírse detrás de las puertas suspiros y ronroneos y ensalivamientos. Las lesbianas se hacen la tortilla con una delicadeza inédita en las parejas heterosexual es, aplicándose al placer de la otra más que al propio, en un altruismo del amor.
Entre las parejas de lesbianas, hay quien oficia de hombre y quien oficia de mujer (a pesar del corporativismo y las convenciones en hoteluchos, aún no han logrado desprenderse de los usos sociales), pero esta división de papeles no resta grandeza a su amor de seres estériles entre sí. Las lesbianas juntan sus coños sin miedo al apareamiento, intercambian sus jugos y se dan besos de saliva espesa, casi masculina. El coño de las lesbianas, mejor conservado que el de las heterosexuales (del mismo modo que la mujer sin hijos conserva más terso su vientre que la paridora), participa de la tortilla con unos orgasmos copiosos, pantanosos, casi fluviales, que empapan las sábanas y obligan al servicio de lavandería del hotel a hacer horas extras. Por la mañana, a falta de otras pancartas, las lesbianas se levantan y sacan a los balcones del hotel las sábanas mojadas de masturbaciones y cunnilinguos, como estandartes impúdicos de sus actividades nocturnas. Las sábanas restallan al viento, con la doble impronta de los coños, y el director le pega voces al servicio de limpieza del hotel, para que retire inmediatamente de los balcones esas guarrerías, que mancillarán el prestigio de su negocio. Las manchas de flujos, sobre la sábana, tejen una caligrafía caprichosa, como las manchas de tinta, y podrían ser empleadas por un psiquiatra para estudiar las reacciones de sus pacientes.
A mí, en concreto, esas manchas me sugieren un río habitado por náyades. ¿Serán las lesbianas náyades a las que una hechicera convirtió en viragos, tocándolas con una varita mágica?


El coño del travesti

En una discoteca de clientela pachanguera y bastante vacuna, trabaja Felipe, mi amigo el travesti.
Actúa a eso de la medianoche, disfrazado de folclórica, con vestido de faralaes y castañuelas, si es que lo dejan actuar, porque, a veces, entre la clientela, hay algún vándalo que arroja nabos al escenario, y Felipe tiene que retirarse, escarnecido en su feminidad. Felipe, alias La Coquito, canta rumbas y seguidillas con su voz de canario ronco, y entre canción y canción desliza algún chiste chocarrero para alimento espiritual de los más acémilas, que nunca faltan en sus actuaciones. A Felipe, alias La Coquito, lo conozco desde niño, cuando coincidimos en la misma escuela (y en la misma aula, y aun en el mismo pupitre), durante el bachillerato elemental. Felipe, por entonces, ya padecía cierta debilidad socrática, ciertos achaques de un helenismo muy poco masculino. Cuando el profesor explicaba teoremas, o cuando nos castigaban sin recreo, Felipe me metía mano por debajo del pupitre, y me masturbaba con una violencia de doncel frustrado. Felipe, que ya amenazaba a los catorce años con cambiarse de sexo en cuanto reuniese unos ahorros, era un muchacho empachado de lecturas perniciosas y cuplés, que meneaba el culo al andar y se depilaba el bozo. Luego, le perdí la pista durante años, hasta que volví a encontrármelo, hace unos meses, en esa discoteca intransitable, a la que acudí para celebrar mi despedida de soltero. Cuando se anunció la actuación de La Coquito, el público, embrutecido de alcohol y otras enfermedades gregarias, empezó a patalear y a formular sandeces (y reconozco que yo también me incorporé a la barbarie). Felipe, alias La Coquito, salió al escenario con los primeros acordes de El relicario, que tantas veces le oí cantar durante nuestra etapa escolar. Felipe, alias La Coquito, se repartía el pelo en crenchas, se lo recogía en un moño y se lo pinchaba con una peineta; bajo la costra de maquillaje, le azuleaba la barba, como un homenaje tardío a su virilidad. Felipe se remangaba la falda con faralaes y mostraba los muslos casi hasta la altura de las ingles; eran unos muslos juguetones, de un temblor amortiguado por las medias, irrecuperables para la causa masculina. Ensayó un zapateado y un repiqueteo de castañuelas, pero el público, maltratado en los tímpanos, lo increpó y le lanzó escupitajos como eyaculaciones de un semen enfermo. Felipe, alias La Coquito, se escabullía detrás del telón, una vez agotado su repertorio, y ya no volvía a aparecer en toda la noche.
Dejé a mis amigotes bailando en la pista de la discoteca una canción de moda, una música percusiva y retumbante, como de matadero o salón sadomasoquista, y pregunté al encargado del negocio por Felipe. Me apuntó a una puerta con el rótulo de PRIVADO. En aquel cuartucho miserable, entre botellas de licores y cascos vacíos, estaba Felipe, alias La Coquito, limpiándose el maquillaje.
Era mucho más guapo que mi novia, todo hay que decido.
-Ya te vi entre el público. Vaya amigotes que tienes más borregos.
Me pidió que le aflojara el corpiño, y pude ver sus tetas reventonas de silicona, con pelitos en el pezón, igual que las de mi novia, todo hay que decido. Le di un beso a Felipe en el hombro, sobre la cicatriz de la vacuna contra la varicela o el sarampión. Felipe tenía espaldas de nadadora olímpica, vientre demasiado liso, y unas caderas escurridas, como de muchacha impúber. Le bajé las braguitas, en pleno delirio erótico (atrás quedaba mi novia), y le palpé el coño de carne probablemente extirpada del culo y trasplantada allí. Entre los labios asomaba un dítoris descomunal, fálico, abundoso en centímetros. Daba un poco de asco ver aquel apéndice entre los labios mayores y menores. Pregunté:
-Pero, ¿no te has extirpado el miembro? ¿No decías de pequeño que ibas a ahorrar para operarte?
Felipe, alias La Coquito, bajó la mirada al suelo erizado de cucarachas y vidrios rotos. Me dijo, con una voz de canario ronco:
-Me he operado siete veces, pero es inútil. Siempre me vuelve a crecer, como la mala hierba.
Farfullé frases de conmiseración y me largué.

El coño de las niñas

Sabemos que es contrario a las normas de urbanidad y a las buenas costumbres, y, sin embargo, ¡qué tentación la de mirar a una niña que mea al lado de una tapia! Hay una canción que no perece en ese chorro amarillo que le brota de dentro, como un hilo de bramante, como un estambre de oro en perpetuo diálogo con la tierra. El coño de las niñas es un coño pituso, pizpireto, demasiado rosa como para albergar pecado, un coño liso que, por un momento, nos devuelve al paraíso de la infancia. El coño glabro de las niñas que mean en las tapias, en una celebración casi siempre solidaria (qué frecuente es ver mear a las niñas en pandilla), es un monumento jubiloso erigido en honor de su inocencia y su malicia, porque esas niñas que nos muestran su huchita y nos arrojan al pie de la tapia la calderilla de su pis son inocentes y maliciosas a partes iguales, inocentes por enseñarnos su coño y maliciosas porque saben que lo enseñan con impunidad, sin atisbo de peligro, pues las cortapisas del civismo y la religión nos impiden acercamos más a su hendidura rosa, ni siquiera para limpiada con esas briznas de hierba que crecen junto a la tapia. El coño de las niñas, descarado y meoncete, nos inunda en la distancia de los años con el sabor primitivo de su pis, con el calor grato de esas últimas gotas que aún gotean cuando se suben las bragas y se alejan en ruidoso conciliábulo, susurrando entre sí:
-¿Os habéis fijado en ese señor, cómo nos espiaba el conejito?
Y yo las veo marcharse súbitamente entristecido, con presagios de próstata y cálculos renales.
Sobre la tapia hay un rosario de salpicaduras que forman dibujos caprichosos, un mapa de lunares que no acierto a descifrar. La tapia huele a pis rancio, porque las niñas son seres de costumbres atávicas y mean siempre en el mismo sitio. A lo mejor, esta noche, en casa, su mamá las reñirá por hacer pipí en la calle y no limpiarse después la hendidura sin pelos, olorosa de malicia, perfumada de inocencia, como una gran llaga que nos hubiese gustado besar.

La flor roja

Fue momento inaugural, el de la primera menstruación. ¡Qué entrecruzamiento de dolor e incertidumbre, de anhelos y decepciones! Siente de repente la niña, a mitad de la clase de matemáticas, un corrimiento en sus entrañas, un revolcón en sus vísceras que no sabe localizar y que la profesora diagnostica como ataque de apendicitis. El mundo circundante pierde concreción, y la niña se desangra entre vahídos, sofocada de soles que no existen, porque nos hallamos en pleno mes de diciembre. ¡Qué momento para la eternidad, el de la niña traspasada por el sable de su primera menstruación, desvanecida en brazos de esa maestra que no ve más allá de la cuadratura del círculo y el tres catorce dieciséis! ¡Qué flor de improvisada densidad el flujo que le sale de dentro y le va mojando las bragas y más tarde el pantalón vaquero! ¡Qué charco paulatino el de la primera menstruación sobre la silla del pupitre! ¡Qué planeta de sangre! Hay que esperar a que una compañera de clase (generalmente repetidora) caiga en el enigma de la hemorragia y aporte una minievax firme y segura, un tampón, una esponja, un papel secante, lo que sea, para restañar esa herida que volverá a abrirse cuando la luna complete otro ciclo. ¡Qué coño tan digno el de la niña que padece su primera menstruación! ¡Qué ovarios los suyos, íntimos y recogidos en su vientre todavía intacto, qué llanto el de la sangre luctuosa que llora por ese primer óvulo que murió sin haber sido fecundado!
¡Qué momento, Dios!

Arqueología del coño

Mi hermano Félix, arqueólogo de profesión, hace expediciones a las islas griegas, y desentierra estatuas de diosas ininteligibles y por lo común mutiladas. El trabajo de arqueólogo, bajo el sol rubio y casi dórico del Egeo, ha ido recalentando a mi hermano Félix, hasta infundirle unas ideas muy poco católicas, de una extravagancia atroz. Afirma que la única mujer verdaderamente deseable es la estatua, porque su quietud o inmovilismo nos evita a los hombres el componente histérico o meramente psicológico que padecen las otras (me refiero a las mujeres de carne y hueso y alma). Este elogio del amor estatuario, que como lucubración podría dar juego y hasta argumento para un tratado de esnobismo, llevado a la práctica puede ocasionar calenturas y disfunciones. De su última expedición arqueológica, Félix se trajo una colección de diosas incompletas, fragmentos de mármol que distribuyó por su jardín, entre macizos de tréboles y arbustos de boj, como meteoros que caen del cielo, agravados por esa concupiscencia pagana que tienen las estatuas. Por las tardes, cuando el crepúsculo incendia los árboles, otorgándoles cierta grandeza de bosque, mi hermano Félix se pasea por el jardín (es un peripatético, sin saberlo) y hace como que se tropieza con esos pedazos de diosa a los que siempre falta un brazo, una pierna o una cabeza, pero nunca el coño. El coño de las estatuas griegas es de una blancura avejentada por el carbono 14, un coño sin pelambrera y, por supuesto, impenetrable. El coño de las estatuas griegas, que mi hermano Félix acaricia con esa veneración de los sacerdotes que ofician una ceremonia sublime, no admite variantes, aunque pertenezca a diosas tan dispares como Afrodita o Démeter. El coño de las estatuas griegas es un pellizco de mármol, una superficie alabeada con una leve depresión entre los labios (en ningún caso un orificio) que mi hermano Félix masturba con su dedo índice, trazando un movimiento circular, parsimonioso, que, día tras día, va erosionando la piedra.
Mientras mi hermano Félix masturba a las estatuas de su jardín, en el Olimpo sonríen las diosas, estremecidas por un cosquilleo que el aire les transmite, risueñas por infringir el sexto mandamiento de una religión bárbara. Los vencejos, en su vuelo rasante, defecan sobre los coños de las estatuas, y la mierda, al contacto con el mármol, se convierte en miel. Eso, al menos, es lo que dice mi hermano, a quien, por cierto, hemos decidido internar en un manicomio. En su jardín abandonado permanecerán los fragmentos de estatua, camuflados entre el follaje y las cagadas de los pájaros, nostálgicos de ese sol rubio y casi dórico que luce sobre el mar Egeo.

24 abr. 2009

Cuaderno de escritura (Elipsis Elizondianas)

Elizondianas

I

Como apenas formas de signos vislumbramos las palabras: estado de larva temblante sobre la mesa, preparando su epifánica asunción a mosca. Plasmamos la escritura en el primer intento, sumidos entre el sueño y la vigilia, garabateamos poseídos por intangible entidad vaginal: desnudo fantasma crepitando en lo nulo, donde forma ovoide en fuerza concentrada somos, oblicua ansiedad de reventar sobre la pupila ontológica de ser (al fin) en vacua incertidumbre de silencio el dedo en ascua del padre descendiendo a lo concreto, a la carne inerme y sin conciencia que espéralo de-s-édenica.

Amorfa aún, veremos como se define la estructura del símbolo que media entre la mente y el espacio: amalgama de fonemas concatenándose unos a otros. Luego, esta tímida sintaxis pueril soportará los embistes del párpado suspendida del insomnio: relectura insana de totémico modernizado bajo mercurio fosforescente gravitando, quien decidirá el reposo del vástago sobre la mesa o el olvido arrojado al cesto.


II

No el apoplético y vacío sentimiento, pasión, Pessoa, diría. Sino, creo, desde mi óptica hipermétrope: la estructura dando coherencia a la palabra, el bullicio fonético de la sílaba reventando en lo blanco o en el pálido caracol silente.


Notas al pie del insomnio, Victor Ruiz

Notas al pie del insomnio
(Fragmentos del ojo)

I

Escala la materia sobre blanco
sin sueño ojo, fétido esférico
hendido en la quietud de la mosca.
Enróscase el verbo en la gangrena
del sueño, y la palabra, pústula
insomne en página, nada es.

II

Nada, en pústula insomne, la palabra
es. Sólo un blanco esférico fétido
hendido ojo; inmóvil mosca,
no coleóptero pendejo insecto,
crisálida larva colgando de la risa,
el sueño soñado del ojo.

III

Verbo larva y garbo insecto.
No blanco infecto insomne
Colgante de la risa.
Glóbulo infesto acecha
insomne al logo, su sintaxis,
su dormida gramática en lo vacío.

I. Ágape (fragmento), De Víctor Ruiz

Fragmento de un proyecto narrativo. El erotismo y la transgresión son temas presentes en mi libro La Vigilia Perpetua, entre las líneas de algunos poemas el gesto brutal del suplicio, la herida abierta como risa, el ojo excéntrico. Sea esto un homenaje solapado a los otros, quienes de por sí dictaron estas palabras.
I. Ágape
Para Ezequiel D`León Masis, erotómano, pornógrafo y barroco.

Tu cuerpo, a la sombra de una lámpara que deja caer su luminiscencia sobre el rosado púrpura de tu sexo, semeja una ostia suspendida de una lengua aferrándose al piélago patético del corpo redemtoris que se balancea en sístoles y diástoles acompasadas. Una corriente de sal se escurre sobre los surcos de tu ombligo. Alzas el cuello y vislumbras en esa remota visibilidad las embestidas de ese broca que corroe tus entrañas, breves aristas de venas atisbas, henchidas, impulsadas hacia esa hendidura hirsuta coronada por una aureola roja de fuego, que engulle, engulle, engulle, impaciente, la cúpula inflamada de mi faro en vela.
Ella nos observa.
Sé que desde su nicho de trémulas bujías, núbiles falanges semejan falos, se introducen por una gruta resistente a esos embistes continuos y nerviosos. Lame las comisuras de sus labios, mastica con sus uñas tímidos pezones hasta sangrarlos, mezcla sangre y humedad de sexo en sus dedos, luego los introduce en su boca, una y otra vez, otra vez hasta que manos, boca y sexo convulsionan con violentos espasmos.
Entras,
te desvistes, desde mi lecho de animal totémico puedo ver tu piel, la curvatura de tu culo erecto, las tetas erguidas y filosas, el montículo de vellos bajo el punto ciego de tu ombligo. Sé que bajo ese fragmento de luz seguramente está tu cara, pero hoy, en este instante, no me importa. Tus ojos de perra bachillera inquieta, en este teatro de placer, solo sirven para extirparlos, para extraerlos de sus orbitas y luego introducir mi lengua en los orificios huérfanos, masturbarme y dejar caer mi blanda ceniza sobre ese rostro turbado, en éxtasis, ajeno a la sensación metálica que acaricia tu espalda y va trazando un texto de hendiduras en la geometría de tu carne.
Él contemplará la escena desde un rincón del cuarto en penumbras. Silencioso, pendiente de las variaciones de color que una exangüe bujía produce sobre esa amalgama de plomo rojo sobre la cama. No son cuerpos, son fragmentos de una escritura inconclusa que él perpetuará al infinito a través de la pintura. Ella de boca tumbada sobre la cama, tú penetrando la espiral viscosa de su ano lacerado, el hedor a sangre humana me sonríe, se dice, te dices. La fetidez de la mierda con el sabor ferroso de la sangre es lo único que importa. A la mierda con el arte, la escritura y el lenguaje. Esta es mi mano, que baja hasta la base de mi faro en vela, émbolo brillante, testigo fugaz y disfrazado que te escruta la abertura dilatada por el radio y el volumen de esta verga enarcada, penetrando, saliendo, entrando, embadurnada de esa rojambarina sustancia chorreante por las comisuras de la sonrisa infecta. Esta es mi mano, los dedos de mis manos que escudriñan cada orificio cercano: tu culo, mi culo, tu boca, mi boca, la herida de tu vientre con tus intestinos esparcidos sobre la cama, las cuencas de tus ojos ausentes.
Yo te observo,
encaramado sobre la grupa de mi madre, veo como tu extenso péndulo tenso arremete contra esa ranura porosa, esa gangrena hedionda a orines y excremento, ella su exhausta boca entreabierta muerde las sábanas, a veces un dedo te perfora y la sangre escurre, desde mi madriguera puedo escuchar el murmullo de tu voz que en sus oídos depositas: ella nos observa. Como siempre, a mí me hablas, te obedezco, sé que lo deseas, me lo ordenas, pides que me masturbe; entonces, introduzco mis dedos en mi vulva y soy una cueva sin mácula esperando tu mandrágora, tu serpeante torso sin rostro socavándome, acaricio mis nacientes pezones, erectos, rojos, calientes, veo el agudo placer en tus pupilas dilatadas, eyaculas con furia dentro de sus cavidades rectales, puedo sentir los temblores sobre mi ano, tiemblo, jadeo, sollozo, soy mi madre y tú mi falange falo escorpión depositando tu veneno traslúcido, ven, aquí te espero.

II escatolúmpeco rito o escatolicofálico

Ocre, opaco sonido irrumpe en el espacio nauseabundo en el que tu cuerpo contorsiona como baño salitre en exánime babosa. Ostra oculta en el ombligo del origen, zozobra en el péndulo henchido y zumba entre tus muslos; ella melena suelta chorreada en sus hombros, sin nombre su oseatura pálida, su frente alzada y entornados ojos, mártir del coito en éxtasis, ascenso tántrico. Con pupilas blancas ella sacude la cabeza, te observa , trata de reconocer en tu rostro el gesto delator, que diga soy yo: de hirsutas cejas unidas, quien galopa en el jardín de tu hendidura que se bifurca. Entonces decís las palabras, apenas masculladas en su oreja, gesto de asco ves de su boca nacer, pero sabés siempre es lo mismo. En el cuarto en que segundos antes ocre, opaco sonido irrumpió, cuatro paredes manchadas y nauseas ascendiendo ingrávidas a las fosas nasales: dos metros cuadrados por dos de alto: el retrete, tu cuerpo abierto y listo al rito, ella goza también, tu cuerpo al borde de la risa, tu cuerpo abierto, su cuerpo abierto y la risa de un ojo abriéndose, abriéndose, y las primeras gotas, ámbar oscuro sobre tu rostro y las risas… y los cuerpos…

24 oct. 2007

Relatos de Javier González Blandino, ganador del Concurso Nacional de Literatura "Mariano Fiallos Gill", 2007

Rompemos el mutismo en que nos ha sumergido la monotonía del trabajo con dos narraciones del joven escritor Javier Gonzalez Blandino, estudiante de la carrera de Filología de la UNAN-Managua. El lector encontrará en este par de textos un lenguaje riguroso, trabajado con la paciencia del cirujano. Sóla será la presentación de este autor, espero lo gocen.

Gramma Umbrae

¿En dónde estabas...? ¿En dónde te encontré sin saberte? Venite. Tomá mi mano, sus cinco plurales intermitentes. Yo te he seguido desde hace treinta pasos atrás cuando quemamos piras con tu cuerpo desmembrado en aquel acantilado de piedras bruñidas ¿te acordás? No me mirés. Alguien aquella tarde desvanecida, aquella tarde desenterrada te susurró mi pecado, con una voz de secreto mi crimen, mientras vos le escuchabas con tus ojos entreabiertos como dos grietas sopladas en la niebla, y sonreístes. No fue mi culpa. Tu cuerpo es un puñado de despojos infames, de órganos escupidos en algún callejón olvidado. No te volteés hacia ese lado de la cama, venite, entiendo que me encuentro desamparado este amanecer, este amanecer en que sé que al conjugarte morirás.

De nada me servirá este insomnio y lo sabés. Esta sed de silencios que no me deja callar, esta persistencia absurda de anagramas agrietados que me hacen tallarte cada noche sobre este espejo volcado, invertido: tus trazos incoloros, tu espalda perpendicular a la mía, tu vientre herido de penumbra y tu cuerpo: un catafalco profanado que yo arrojé a los riscos para siempre. Dejame, ya no quiero continuar con esto, andate cuando concluya esta línea, ya no tengo más que decir. ¿No lo ves?

¿Por que te reís? Olés a incienso ritual y a muérdago. A voces que no acaban de repetirse contra la pared de este cuarto. A un murmullo atrapado en una gota de ámbar. A fotografías repetidas, a ranas escondidas y retratos…
- ¿Así que has venido
otra
vez?
- Ayer te escuché hablar mientras dormías, ayer-tu sueño que no era aquella caminata doliente sobre vos, tu resoplar telúrico, que no era tu aliento verde circundándote, transitándote para sostenerte: atándote a la peña de tu propia presencia derrumbada ; sino el susurro de tu carne difuminada por el vacío, tu cuerpo humedecido por la sangre boca arriba,– tu oquedad inalcanzable, tu ausencia…- te escuché dormir, morir por un instante en el sueño-¿Cuál sueño? el mío-
- No podés ni mentir, ayer ni siquiera estuvistes aquí, y lo peor es que yo no hablo cuando duermo-
el borde de la falda lo junta a sus rodillas y en una flexión uniforme se pone de pie, deteniéndose a un paso para calzarse mirándose despacio los dedos retraídos. En la cómoda intenta encontrar el sujetador de pelo, derrumbando con el dorso de la mano otros objetos. Su presencia en la oscuridad es un roce de vestido y piel, de siluetas y gestos inconclusos, de coyunturas desperezándose…
- Dejá de repetir lo que hago-… de coyunturas desesperándose.
- Yo ni hablé, y que te importa a vos lo que pueda decir. Perra, eras vos misma ¿No te escuchabas?-…de coyunturas despedazándose.

Siempre a lo lejos, dunas arábigas en el horizonte del llano: sombras oxidadas por la arena, cadáveres que gritan bocabajo, hacia el fondo de sí mismas, muertas como las huellas holladas que se escriben sobre ellas y se hunden- Tengo frío- inclinadas unas a otras como cayéndose al abismo para siempre, cementerios de aeronautas estallados que creyeron llegar al mar y ahora son promontorios que se levantan con los brazos hacia arriba sostenidos por el silencio. Las dunas como llevarse un puñado al rostro y los ojos carcomidos por la arenisca inquietante, la boca lamiendo las migajas incisivas- que tengo vértigos subterráneos- Parpadeando su propia presencia- Dunas que ahora borrarán esto que suscribo caligráficamente- Dunas que se abren como dos puertas a la noche de sus manos-Parpadeo y ando- La escritura, alborada y ocaso geminando- Dunas, un párpado ondeando- hasta gastarse-: parpadeando.

Cuando la madre caminaba entre los muebles, distraída, escuchó un mascullar desvencijado en alguna parte, y fue entonces que lo descubrió ovillado en el suelo junto al ropero: un bulto tremulante, tenía los oídos y la palma de las manos reventadas de tantos recuerdos insepultos-Mentira, no fue la madre, había sido el padre el que lo encontró aquella tarde entonces de costado a la memoria, como recortando fotogramas en un diario, boquiabierto, tropezado por sus propios fantasmas.
-No te entiendo, ¿por que me respondés eso?, estás desvariando, lo que yo te dije era que si habías venido otra vez-
-Además quién no lo hace, todos en algún momento nos quedamos así como absorbidos, de espaldas al resto, juntando los pedazos de la imagen como cuando te enseñan un carta para que la leas. Sabés ayer estuve viendo una película…
-Por que sos así. ¿Por qué me contestás otra cosa?
-Puta, puta, putita...- gemí así, animalmente, al borde conjunto de mis caricias obcecadas, de mis desprecios- Y te quiero.
-Oí ¿oistes? Escuché pasos afuera, voces respondiéndose al otro lado de la ventana, andá ve, andá, tengo miedo.
- No es nadie, era yo, soy yo mismo.
- Mentira, te lo ruego
Son otras voces, grutas oftálmicas acechando, nos han estado oyendo todo este tiempo; hendiduras a la inversa, planetas portátiles rotando sobre nosotros; olfateos que me acicalan, multiplicándome, reproduciéndome, duplicándome sin detenerse. Escuchalas, tratá de escucharlas, date la vuelta. Andá, salí, mentiles, Ilusionista, Contorsionista de realidades, mentiles como siempre lo hacés, escupime, estropealo todo.
- Puta, Puta, putita…- ya te extraño desde antes.

Carlos se cepillaba los dientes con los ojos cerrados, escuchando el chorro que agujereaba la superficie, casi vomitó, una mano sobre la llave esperando. Se puso el reloj y se embutió la camisa dentro del pantalón mientras caminaba todavía con los ojos confundidos. Yo creo que ya son más de las ocho. Cerró la puerta. Se tanteó el llavero en la bolsa de la camisa. Sin entrever apenas el caos, la precipitación del desastre. Don Domingo lo saludó en la barbería de la esquina- ¡oe chavalo! -y Carlos apenas cabeceó. Estuvo leyendo los encabezados del periódico en el estante trípode. Intentó a empellones y disturbios avanzar a la mitad del autobús. El maletín le hacía estorbo al adelantarse. Se acomodó el pantalón, adjunto a una mujer sentada frente a él, vestida de uniforme verde y un lasito rojo abrazado del cuello. Le descubrió el borde del seno apretujado en la blusa entreabierta, el busto temblando a cada movimiento. La vio percatarse del descuido y sonreírle; levantarse y rozarle la entrepierna con la cadera; bajarse por atrás y caminar, detenerse y olvidarlo…




7 jun. 2007

Un poema de Cesare Pavese

VENDRÁ LA MUERTE Y TENDRÁ TUS

Vendrá la muerte y tendrá tus ojos
esa muerte que nos acompaña
desde el alba a la noche, insomne,
sorda, como un viejo remordimiento
o un absurdo defecto. Tus ojos
serán una palabra inútil,
un grito callado, un silencio.
Así los ves cada mañana
cuando sola te inclinas
ante el espejo. Oh, cara esperanza,
aquel día sabremos, también,
que eres la vida y eres la nada.

Para todos tiene la muerte una mirada.
Vendrá la muerte y tendrá tus ojos.
Será como dejar un vicio,
como ver en el espejo
asomar un rostro muerto,
como escuchar un labio ya cerrado.
Mudos, descenderemos al abismo.

28 mar. 2007

Tres poemas de Victor Ruiz

Atavismo adánico

Se escribe siempre al filo de la Nada.
Edmond Jabès.

Nombraremos, entonces, el abismo,
su silencio inaudito ante pasmosa
inexorable nada. Al filo de la noche
el reflejo trazaremos de las cosas,
por la palabra, apenas aludidas.

Será como parir el lenguaje
de Adán, frente al mudo
sin mácula cuerpo de Eva:
objeto omitido del signo,
libre de significados insignificantes;
sólo un referente de carne sin nombre,
y él, sin más palabras que el asombro
ante tanta materia afónica.

Desde el vértigo del verbo:
el NO de la escritura, gélido mutismo vertical,
impónese en la página
aferrada a lo incierto.

Quedará sobre lo blanco
la huella del azar de nuestra mano,
el párpado extenuado en la vigilia
y nosotros al acecho del vacío.

El Crucero/03/Dic./2006

Vigilias en blanco.
(Ejercicios del insomnio)



...el insonmio
prodiga eternos signos que enumero...
Ezequiel D'León Masís


No por azar, por insistencia,
ni por débil y endeble juego,
rompes en estético ruego
a dictar en blanca persistencia
la muda ciega escritura
que ojos deja sin sosiego
y del poema ceñida estructura.

Signo que arrojas insomne
sobre la noche, donde no cesa
la mano de trazar en su firmeza
el texto que ahora se te aviene,
y en noctámbulo ideograma
alerta la pupila apresa
la frase que en vela se derrama.


Ella no sabe que el infierno es la
ausencia…
Paul Verlaine

NO SU CUERPO en la noche falta,
no afilados sus dedos desgarrando
el borde de la espalda,
no el abismo de sus ojos
interrogando lo recóndito,
sino su ausencia,
las letras de su nombre socavando el vacío
ahora que de ella
ni cero en nada queda.

22 mar. 2007

La plenitud del Instante

El siguiente texto fue leído en la presentación del libro "Líricos Instantes", de Missael Duarte.
La plenitud del Instante.
Por Victor Ruiz

La imagen poética puede caracterizarse como un vínculo directo de un alma a otra, con esta frase de Gastón Bachelard, podría también describir la poesía de Missael Duarte, reunida bajo este lúcido cuaderno titulado “Líricos Instantes”. En efecto, en este conjunto de poemas, es evidente ese diálogo de pronombres que se lleva a cabo, desde un lenguaje sobrio y depurado, entre la amada y el yo lírico. Las palabras son puentes, vías de acceso que trazan sobre lo efímero esa llama que se consume al momento de ser nombrada, pero que queda resonando en ese instante donde siempre será ahora.
Instante en el que la experiencia del lenguaje toma forma para entregarse a intensidades sublimes, percibidas fuera de la experiencia sensible de la existencia, como bien nos dice Missael en “El Beso”, poema de gran aliento y belleza, basado en la escultura del artista francés Augusto Rodin, en el que la pareja de amantes en movimiento quedan retratados en una imagen, sólo captada por el lente del tiempo de la palabra poética: son instante sublime/trasmutado en forma manifiesta/ de inteligible IDEA inmutable.

En “Líricos Instantes”, la realidad queda replegada para dar paso al ideal, esa materia intangible en la que el verbo del poeta se encarna, no para atrapar una belleza abstracta, sino para intentar salvar al mundo de su transitoriedad, De ese mundo de fronteras, mentiras/que se difunden por los medios de comunicación/… de ese mundo donde las manos/usan armas, teología, computadoras, símbolos/y banderas, de ese mundo en el que la belleza ha sido suplantada por el signo del consumo es del que nos quiere salvar el poeta, para transportarnos en breve pausa de tiempo, como ráfaga de sombra, a ese segundo irrepetible en el que no hay nombres que nos denominen, luz y sombra, pasado y presente, sólo la misteriosa comunión de/dos hojas de cuerpo cubiertas.

Según Bachelard “…un breve poema, debe dar una visión del universo y el secreto de un alma, un ser y unos objetos, todo al mismo tiempo”, es decir, toda la materia del poema debe ser contemplada bajo el foco del instante. Ese instante en el que musa, ángel o duende trazan el camino a seguir por el yo lírico, para llegar a ese estado de concentración en el que se aquieta y aclara el espíritu, y así, dar inicio a la imago del lenguaje en plenitud de instante.


Víctor Ruiz
Estudiante de Lengua y Literatura Hispánicas en la UNAN-Managua
.

Fragmentos de "El libro de Yukel, de Edmond Jabès"

Aquí unos fragmentos de El libro de Yukel, del escritor Edmond Jabès, Egipto 1912-1991. Autor en el que el vacío toma forma a partir de la escritura. El silencio se consagra a la palabra que se aferra a la nada, a lo indicho. En Jabès, el lenguaje es un murmullo, apenas susurro que en afán de revelar un secreto, enmudece.

DE "EL LIBRO DE YUKEL" (fragmentos)


1. La parte del bien

Tú eres rico. La palabra te es dada.
REB ELAIM



(-¿En qué Piensas?
-En la tierra.
-Pero estás en la tierra.
-Pienso en la tierra en que estaré.
-Estamos uno frente a otro y tenemos los pies en la tierra.
-No conozco más que las piedras del camino que lleva,
dicen, a la tierra.

Si el árbol careciese de inteligencia, se derrumbaría.
Si el mar careciese de inteligencia, se devoraría.
El agua obedece al agua
y mantiene al pez.
El aire obedece al aire
y mantiene al pájaro.
Si el hombre careciese de inteligencia, reinaría la oscuridad en todas partes.
Tú darías alaridos por los caminos.
Tú maldecirías a tu prójimo.
Tú aplaudirías el incendio.
Tú cortarías en lonchas delgadas los senos de tu mujer.
Tú arrancarías la cabeza a los niños.
No quedarían ya flores.
Tú llevarías una corona de espinas.
Tú estarías solo, solo, solo;
pues, para ser dos,
HAY QUE SABER.)

Te dejé morir, Yukel. Estaba a tu lado cuando bebiste el veneno. Podía impedírtelo, pero tu mirada no toleraba que yo interviniese para modificar tu decisión. Asistí a tu agonía, en la
sombra. Tú mirabas fijamente la pared. No besaste una sola vez la imagen de Sara.
Bajé las escaleras de tu casa apoyándome en la barandilla. Estaba muy cansado. Temía al día, a la calle. Fui andando hasta mi morada y, en mi cama, dormí hasta el alba. Empezó para mí
una nueva vida; una muerte malaventurada. ¿Era quizá mi destino denunciar el sufrimiento de que te liberaste suprimiéndote? Pero yo no tengo ni oídos ni boca. Y nada atrae ya a mis ojos.
Tú eras mi respiración, y Sara el grito de mi verdad maltratada. La verdad es semejante a una adolescente. Se puede hacer todo con ella, pero también se puede hacer mucho por ella. Se puede morir o vivir bajo su ley.
Estaba a tu lado, Yukel, cuando tus manos se aferraban a la sábana. Tus estertores -¿tan débiles eran?- no inquietaban a nadie en torno a nosotros. Entraste enseguida en coma y te
quedaste rígido pocas horas después. No esperé a que viniesen a llamar a tu puerta. Huí.
Tu amante se marchitó en el infierno de las flores. La demencia, más tarde, la sostuvo. Se diría que sus gritos, hoy, son más desesperados. Manan de su ser dolorido, de ese cuerpo indefenso que el alma vuelve tan transparente como luz. Se ven sus huesos como un paisaje desvelado por la carne. Se ven los dientes a través de la mejilla.
¿Adónde iré, desdoblado?

Un escritor se evade con los vocablos y, de ellos, algunos, a veces uno o dos, le siguen a la muerte. Un vocablo es primero una colmena y después un nombre. Dos nombres se disputaban mi corazón y mi mente. Los encontré en la hondo de mí mismo y su existencia era la que yo había, en las tinieblas, vivido. Como tú, ayer, estoy agotado. Mi pasado está lastrado de expolios, de persecuciones. Mi pasado inclina la cabeza hacia un respaldo ilusorio, un hombro compasivo o mi mesa.
No tengo ya ambición. Soy el paso abierto de la luz adonde me arrojaste.
«¿Qué es un escritor? , preguntaba a un narrador célebre Reb Hod. ¿Un hombre de letras? No, seguro, sino una sombra que lleva a un hombre.»
Tú eras ese hombre, Yukel, ese hombre y ese mártir.
Me eclipsaré, en breve.
Volviste de los campos de concentración culpables para consagrarte a tu última hora y mis folios huelen a las cenizas de tu fe.
El libro es un momento de la herida o la eternidad.
El mundo se limita a nosotros.

2. Retrato de Sara y de Yukel en el grito

Manos huidas, aferradas a vuestras antorchas.
El cielo os ha confundido con pájaros.
El nido ha destronado al arco y al árbol.
REB LEZER


Este trazo blanco en la página blanca es el trazo del grito.
Ya no teme al obstáculo.
No le estorba la tinta.
¿Deja el ave una huella de su vuelo?
Tú sigues con la mirada al pájaro.
Aquí, el oído es el orden.

(«El ojo hace ver lo que escucha, lo que cata, lo que
palpa. Yo soy todo ojos en mi cuerpo.»
REB GAMRI)


Y Yukel dijo:

¿Quién sabrá beber en mis palabras?
¿Lo he sabido hacer yo acaso?
En mi libro, en el seno de la soledad,
tu soledad me es, para siempre, debida.

* * * * *

3. En ningún momento describí vuestro rostro

El objeto aumenta el objeto.
REB SAFAB
Yo bailo -Dios es mi Idea.
REB KARAM


«¿Qué es una idea?
Una bailarina.
Sobre una música de circunstancias,
baila.
Aplaudid, aplaudid, hermanos,
el espectáculo.
Las ideas aspiran a complaceros.
Ballet de mi vida.
Ballet de mi muerte.
No provoquéis a las bailarinas. Pueden
ser crueles.
Dadles vuestro amor, hermanos. .
Son hermosas.»
Reb Elamí

«Llevo dentro de mí los desiertos, la arena caliente del silencio. El mar en torno, el mar a lo lejos es, en mis hombros, el chal ribeteado de flecos que el temblor de la voz en la plegaria
ondula.»
Reb Sim


«Dialogo, en mí mismo, con el otro. Reflexión. Pensar es andar tras una pregunta.»
Reb Ivel
«No confundir idea con pensamiento, danza con daga.
-Precisión del golpe asestado, imprecisas respuestas de la víctima.»
Reb Velad

«Sangrienta zancada. Golpeas para avanzar. El pensamiento es cincha y es cuchillo.»
Reb Ladev

Y Yukel dijo:

En ningún momento describí vuestro rostro;
amantes desembriagados, aislados en los días y las noches de mis libros,
pese a que no faltaron pretextos ni ocasiones.
El rostro de la esperanza es una espiga.
El rostro del dolor, un espejo.

* * * * *

4. Diario de Yukel

Era mi calle, mi barrio. Existían antes que yo.
¿Quién robó el joyero? ¿Quién me expulsó de mi lecho de terciopelo?
Oriente es un rubí en la frente de una mujer. Yo era la lámpara
de cuentas del palacio. Soy un pedazo de vidrio en el camino.
REB LAHAN
Dios está adosado al muro venido a menos del Templo.
Ninguna morada, a partir de ahora, será nuestra.
REB NALEH

5 de octubre
Me he mirado al espejo y he visto a un adolescente de ojos más grises que el cielo en invierno
cuyas lágrimas hacían pareja con la lluvia tras el cristal.
Rostro de mi rostro.
Fulano de Tal, soy yo, Yukel
en su alma acosada.
El rehén.

9 de octubre
No pienso en mí. Pienso en mí en los demás, en su hostilidad documentada. Pienso en mí en el
amor de Sara.
Un lazo en el que el lazo es el arma.

12 de octubre
Debo perder la costumbre de ejercer mi pensamiento.
Algún día, recobraré mi pluma, mi voz.
¿Sabré emplearlas?
La página blanca es página de paciencia.
Sombra gigantesca.
Sombra de las sombras desparramadas por el mundo.
La noche es una mariposa nocturna en la noche de las lámparas.

Me han venido a visitar mis antepasados.
No tengo, con ellos, en común más que la palabra conservada en los pliegues de la palabra.

15 de octubre
La vida ha adoptado las facciones del enemigo y la muerte mi rostro enemigo.

16 de octubre
Fraternales.
como el hambre con el hambre.
Como la hoja con la hoja.
Como el rayo con el rayo.

3 de noviembre
Pronto, pasaré quizás inadvertido.
Habrán ganado.

6 de noviembre
Cuerpo vulnerable, puesto a la puerta.
El alma posee toda la ciencia del silencio.

9 de noviembre
El mundo es un fanal de memoria.
Estrella, olvido que parpadea.

13 de noviembre
«La boca es el manantial más pequeño, decía Reb Albaglí y sin embargo calma la sed de la
humanidad.»

* * * * *

5. Diario de Sara I

Me duele ya ti te duele por mí.
Hacer daño, lo que puedo ofrecer para una partición.

7 de marzo
No escribiré nada acerca de lo que he visto. Escribo al pie del instante que esquivo, a rastras
de una pregunta preñada de preguntas.
El mar es mi casa.
No escribiré nada acerca de la calle, el follaje del árbol ahogado.
No escribiré nada acerca de la bestialidad de los hombres, la palabra profanada.
Inocente y culpable, distanciada en el corazón y en los ojos de mi padre y de mi madre,
por una resurgencia de demencia
cuyas gradas son las piedras calcinadas.
Sola, en mi terror a mirar por encima de la tapia.
Sola, en mi penumbra obstinada.

8 de marzo
El cielo ha sido restituido al cielo, esta noche. Todas las estrellas han vuelto a ocupar su
lugar.
Me maravillo, pese a que cada una, salida ilesa del fuego, me designa para el exilio.

10 de abril
Tumbas de día.
Mi pena cuenta las lápidas y yo soy el lagarto en los intersticios.

11 de abril
Opongo a la vida la verdad del vacío.
Mis orillas no tienen agua.

No nos debatimos en el fondo del río, sino en la superficie.

17 de abril
¿Es la muerte el gusano en el fruto o es el sol del verano?
El invierno de mi vida cuelga de mis pestañas, de mis labios.
La primavera es nuestra estación interna, la única.
El cielo del alma tiene trescientas sesenta y cinco veces la dimensión del cielo.
Primavera tardía, primavera sorprendida por el rayo.
Por donde paso no hay alameda.

23 de abril
Formo, con mis brazos sumergidos, el arco de un puente improvisado.
¿Pero en qué país, en qué continente?

Hermoso arcoiris cautivo,
¿dónde me es más querido?

Elogiar el lazo, ceñir el signo.
¿Acaso ya no es redondo el mundo?

3 de mayo
Ceder la palabra al alero.
Peligrosamente en pie, como un bolo.
Caigo, con cada jugada.

4 de mayo
Mi sueño leve, mi sueño de corcho tapona mi vida.
Una botella al mar.

6 de mayo
Trato de entender, de aunar mis fuerzas.
Me he encarnizado tanto con mi cuerpo que me he quitado casi todo el peso de encima.
¿Tenía hambre antes de conocer el hambre?
En mi transparencia, como bajo la mancha de tinta, el folio adelgazado por el borrador.

15 de mayo
Un árbol al pie del cual me tumbaré para asociar, merced a sus ramas, el cielo y mi
insensibilidad.
Ser dos en lo mejor del mármol compartido.

16 de mayo
La verdadera muerte se encuentra en un cielo acabado y no en un valle de falsas apariencias.
Yo velo, harta de vigilias.
Tan ruin
Tan abajo.

11 de junio
Dudar quizá sea abolir los límites, girar en torno al dado.
Tierra, tierra donde todo es sencillo.
Dios es la duda.

12dejunio
Libre, engañada.
El agua perfecta negada a la lengua del faro.

21 de junio
Me hubiese gustado ser únicamente un canto; mi vida así habría podido durar.

Pero sí que duro. Ahí duele.
El marfil de una devoción.
Yo soy más dura que la duración

18 de julio
La rada tiene el pudor de una paleta prendada de la madera más que de los colores.
He agotado la espuma, las sobrecargas, las irrupciones.
Después de haber sido de carne, era natural que el mármol tratase de volver a ser mármol.

19 de julio
Partir el pan de los demás para los demás. El mío es pan duro.

22 de julio
Miro largo rato a los seres, las cosas, antes de verlos; después me acostumbro a su presencia
y desaparecen sin hacer ruido.

23 de julio
No el silencio de la madera sino el silencio de la piedra. No la ausencia de la voz que el
recuerdo puede traicionar sino la de la confesión del gusano al limo feraz.

27 de julio
Subterránea, como los veneros.
Y nada, en el horizonte, salvo un venero.

31 de julio
Podemos imaginar un rostro en el vacío; en ese caso el vacío nos llama la atención por su
parecido a nosotros.
¿Es a mí a quien miro de hito en hito?
La sombra es dominada por la sombra, como la mano por la mano mayor.

8 mar. 2007

Poema de Juan Chow

La muerte no tendrá dominio
(Dylan Thomas/Inglaterra.1914-1953)

A los amantes de entreguerras que perecieron
de amor bajo las bombas, haciendo de sus lenguas
bayonetas; no más sus limpios huesos se
dispersen armando un solo muerto con los
muertos, démosles una trompeta para cantar
victoria, puesto que sus caídas nos revelan
que por más que fúsil sobre fúsil yazga en mundo,
en esta sobre producción de cadáveres en celo
la Muerte no valdrá un centavo.

Juan Chow
Febrero 2007
( De poemas feos y El Evangelio según Juan Chow)

7 mar. 2007

Un cuento de Salvador Elizondo

La historia según Pao Cheng

En un día de verano, hace más de tres mil quinientos años, el filósofo Pao Cheng se sentó a la orilla de un arroyo y se puso a adivinar el futuro en el caparazón de una tortuga. El calor y el murmullo del agua, sin embargo, pronto hicieron vagar sus pensamientos. Olvidándose poco a poco de las manchas en la concha de tortuga. Pao Cheng comenzó a inferir la historia del mundo a partir de ese momento. “Como las hondas de este arroyuelo –pensó--, así corre el tiempo. Este pequeño cauce crece al fluir; pronto se convierte en gran caudal hasta que desemboca en el mar, cruza el océano, asciende en forma de vapor hacia las nubes, vuelve a caer sobre la montaña con la lluvia y luego desciende otra vez convertido en este mismo arroyo…” Éste era, más o menos, el curso de sus ideas y así, después de haber intuido la redondez de la tierra, su movimiento en torno al sol, la traslación de los demás astros y la rotación propia de la galaxia y del mundo: “¡Bah! –exclamó--, este modo de pensar en las estrellas me aleja de la Tierra de Han y de sus hombres que son el centro inmóvil y el eje en torno al que giran todas las humanidades que existen…” Y al pensar en los hombres volvió a pensar en la historia. Desentrañó, como si estuvieran grabados en el caparazón de la tortuga, los grandes acontecimientos futuros, las guerras, las migraciones, las pestes y las epopeyas de todos los pueblos a lo largo de los milenios. Ante los ojos de su imaginación caían las grandes naciones y nacían las pequeñas que después se hacían grandes y poderosas antes de caer a su vez. Surgieron también todas las razas y las ciudades habitadas por ellas que se alzaban un instante majestuosas y luego caían por tierra para confundirse con la ruina y la escoria de las generaciones. Una de estas ciudades entre todas las que existían en ese porvenir imaginado por Pao Cheng llamó poderosamente su atención; su divagación se hizo más precisa en cuanto a los detalles que la componían, como si esa ciudad encerrara el enigma directamente relacionado con su persona. Aguzó la mirada interior y trató de penetrar todos los accidentes de esa topografía increada. La fuerza de su imaginación era tan grande que se sentía caminar por sus calles; levantaba la vista azorado ante la grandeza de las construcciones y la belleza de los monumentos. Largo rato paseó Pao Cheng por aquella ciudad mezclándose con sus habitantes ataviados con extraña vestiduras y que hablaban una lengua lentísima, incomprensible, hasta que, de pronto, se detuvo ante una casa en cuya fachada parecían estar inscritos los signos de un misterio que lo atraía irresistiblemente. Por una de las ventanas del edificio pudo vislumbrar un hombre que estaba escribiendo. En ese momento Pao Cheng sintió que allí pasaba algo que le interesaba íntimamente. Cerró los ojos y acariciándose la frente perlada de sudor con las puntas de sus dedos alargados trató de penetrar con el pensamiento en el interior de esa habitación en la que el hombre estaba escribiendo. Por un esfuerzo de la imaginación se elevó del pavimento y cruzó el reborde de la ventana que estaba abierta, por la que se colaba una brisa fresca que hacía temblar la cuartillas, cubiertas de incomprensibles caracteres, que yacían apiladas sobre la mesa. Conteniendo la respiración, Pao Cheng se acercó al hombre cautelosamente y se asomó por encima de sus hombros. El hombre no hubiera notado su presencia pues parecía absorto en su tarea de cubrir aquellas hojas de papel con esos signos cuyo significado todavía escapaba al entendimiento de Pao Cheng. De vez en cuando el hombre se detenía, miraba pensativo por la ventana, aspiraba un pequeño cilindro blanco que ardía en un extremo y arrojaba una bocanada de humo azulado por la boa y por las narices; luego volvía a escribir. Pao Cheng miró las cuartillas que yacían en desorden. Comenzó a descifrar las palabras que estaban escritas en ellas y su rostro se nubló. Un escalofrío de terror cruzó, como la reptación de una serpiente venenosa, el fondo de su cuerpo. “Este hombre está escribiendo un cuento”, se dijo. Pao Cheng volvió a leer las palabras escritas sobre las cuartillas. “El cuento se llama La historia según Pao Cheng y trata de un filósofo de la antigüedad que un día se sentó a la orilla de un arroyo y se puso a pensar en…” “¡Luego yo soy el recuerdo de ese hombre y si es hombre me olvida moriré!...”

El hombre, no bien había escrito sobre el papel las palabras “…si ese hombre me olvida moriré”, se detuvo, volvió a aspirar el cigarrillo y mientras dejaba escapar el humo por la boca su mirada se ensombreció como si ante él cruzara una nube cargada de lluvia. Comprendió en ese momento que se había condenado a sí mismo, para toda la eternidad, a seguir escribiendo la historia de Pao Cheng, pues si su personaje era olvidado y moría, él, que no era más que un pensamiento de Pao Cheng, también desaparecía.

Fragmento de la novela Thomas el oscuro, de Maurice Blanchot

Fragmento imprescindible del capítulo IV de Thomas el oscuro, novela del escritor francés Maurice Blanchot, autor de La escritura del desastre, El espacio literario, El diálogo inconcluso, El libro por venir y El paso (no) más allá.

Thomas se quedó leyendo en su habitación. Estaba sentado, con las manos enlazadas sobre la frente, los pulgares apoyados contra la raíz de los cabellos, tan absorto que ni se inmutaba cuando alguien abría la puerta. Los que entraban, viendo el libro abierto siempre por las mismas páginas, pensaban que fingía leer. Pero leía. Leía con cuidado y una atención insuperables. Estaba, ante cada signo, en la situación en que se encuentra el macho cuando la mantis religiosa va a devorarle. Uno y otra se observaban. Las palabras, extraídas de un libro que cobraba una fuerza mortal, ejercían sobre la mirada, que las tocaba, una atracción dulce y placentera a la vez. Una a una, como un ojo medio cerrado, se dejaban penetrar por la intensa mirada que en otras circunstancias no habrían soportado. Thomas se deslizó, pues, por aquellos pasillos, indefenso, hasta que fue sorprendido por la intimidad de la palabra. No era para alarmarse todavía, al contrario, era un momento casi agradable que le hubiera gustado prolongar. El lector consideraba felizmente aquella chispa de vida que no dudaba haber avivado. Se veía con placer en aquel ojo que le veía. Su placer se hizo incluso demasiado grande. Se hizo tan grande, tan implacable, que lo soportó con una especie de terror y que, incorporándose, momento insoportable, sin recibir de su interlocutor ningún signo cómplice, percibió toda la extrañeza que había en ser observado por una palabra como por un ser vivo, y no únicamente por una palabra, sino por todas las palabras que habitaban aquella palabra, por todas aquellas que la acompañaban y que, a su vez, contenían en sí mismas otras tantas palabras, como una procesión de ángeles desplegándose al infinito hasta el ojo de lo absoluto. Lejos de apartarse de un texto tan bien defendido, se entregó con todas sus fuerzas a apropiárselo, rehusando obstinadamente retirar la mirada, creyendo ser todavía un lector profundo, cuando ya las palabras se apoderaban de él y comenzaban a leerle. Estaba atrapado; moldeado por manos inteligibles, mordido por un diente rebosante de savia; penetró, con su cuerpo vivo, en las formas anónimas de las palabras, entregándoles su sustancia, fundando sus relaciones, ofreciendo a la palabra ser su ser. Durante horas permaneció inmóvil, con la palabra ojos, de cuando en cuando, en el lugar de los ojos: estaba inerte, fascinado y desnudo. Incluso más tarde, cuando entregado a la contemplación del libro se reconoció con desagrado bajo la forma del texto que leía, estaba convencido de que en su persona, privada ya de sentido, habitaban palabras oscuras, almas desencarnadas y ángeles de palabras que le exploraban afanosamente, mientras encaramadas sobre sus hombros la palabra El y la palabra Yo iniciaban la masacre.

Fragmento extraído de la nueva versión de Thomas el oscuro, de la traducción de Manuel Arranz, publicada en la Editorial Pre-textos.