Memorias de un buscador de libros II
Los libros que no regresan
Por Víctor Ruiz M.
Entre las cosas que aprendemos con el tiempo está la de no mostrar la biblioteca. Podés hablar de algunos libros raros, difíciles —cuando no imposibles— de encontrar. Podés contar dónde los compraste, cuánto tiempo llevabas buscándolos y hasta describir la emoción que sentiste cuando los descubriste debajo de una montaña de manuales escolares, revistas viejas y novelas de autores que nadie recuerda. Pero nunca debés invitar a nadie a verlos, porque tarde o temprano aparece la expresión que todo coleccionista teme:
—Prestámelo.
Así, en seco. Sin una promesa de retorno, una fecha aproximada ni una breve declaración de principios que asegure que el libro será tratado con dignidad. Desde el comienzo de este placer de atesorar libros aprendemos que prestar un libro no se parece a prestar dinero. No podés hacer un vale, redactar un contrato ni exigir una prenda. La contraparte sabe, además, que no está obligada a pagar intereses y que, con suficiente tiempo, puede incluso olvidar que el libro alguna vez tuvo otro dueño.
Cuántos libros encontramos en nuestros estantes sin recordar cómo llegaron hasta allí, dónde los compramos, quién nos los prestó o, por qué no decirlo, de dónde los sustrajimos. Algunas veces nos hemos visto en la necesidad de rescatar un libro de las manos de algún descuidado. Al menos eso es lo que nuestra conciencia se repite para disminuir la vergüenza y convertir el pequeño hurto en una labor de salvamento cultural. Algunos ejemplares llevan tantos años con nosotros que la prescripción parece haberlos vuelto legítimos. Al abrirlos, buscamos una firma, una fecha o una dedicatoria que permita reconstruir su procedencia; si no aparece nada, decidimos que quizá siempre fueron nuestros. La memoria tiene una extraordinaria capacidad para absolvernos.
Quien pide prestado un libro suele hacerlo con la naturalidad de quien solicita un vaso de agua. Lo toma entre las manos, lee la contraportada, pasa algunas páginas y ni siquiera pregunta cuánto tiempo puede conservarlo. Con esa pregunta, por lo menos, tendríamos la oportunidad de establecer una fecha, como ocurre cuando retiramos un libro de una biblioteca y quedamos obligados a devolverlo bajo amenaza de multa, suspensión o exilio bibliotecario. En algunas bibliotecas universitarias, entregar tarde un ejemplar puede convertir a un lector respetable en un paria. Al menos allí existe un sistema, una ficha y alguien dispuesto a perseguirte. En una biblioteca personal todo queda sometido a la buena voluntad, que es una de las instituciones menos confiables de la humanidad.
Sin embargo, debo ser sincero: aunque la persona preguntara cuánto tiempo puede quedarse con el libro, yo respondería, por cobardía o por conservar cierta apariencia de generosidad intelectual:
—No hay problema. Cuando terminés.
Esa frase puede significar una semana, seis meses o el resto de nuestras vidas. Algunas personas nunca terminan los libros, pero tampoco los devuelven. Los mantienen en una especie de cautiverio preventivo, convencidas de que algún día encontrarán el tiempo, la disposición espiritual o la enfermedad adecuada para leerlos. Mientras tanto, en nuestro estante queda un espacio vacío que únicamente nosotros notamos. Podemos olvidar una cita, el nombre de un personaje o incluso el argumento completo de una novela, pero recordamos perfectamente y con nostalgia el hueco que dejó un libro prestado.
De los libros que lamento haber perdido, ya sea por un préstamo o durante alguna mudanza —porque nunca se sabe con exactitud dónde ni cuándo desaparecieron—, recuerdo sobre todo los más queridos. Uno de ellos es Por las fronteras de Europa, de Mercedes Monmany, un inmenso recorrido por la literatura centroeuropea. Ni siquiera tuve tiempo de leerlo. Apenas lo había adquirido cuando alguien me lo pidió prestado. Es posible que haya pasado más tiempo en manos ajenas que en mi biblioteca y que quien lo recibió haya podido leerlo antes que yo, lo cual constituye una de las formas más perfectas de la injusticia literaria.
Otro es El puente, de Hart Crane, un libro prácticamente inencontrable. Recuerdo que hice muchas copias para algunos amigos. Fotocopiar un libro era entonces una medida de protección: entregábamos la copia y conservábamos el original a salvo en el estante. Ese sistema me sirvió durante algún tiempo, hasta que, como suele ocurrir, di el mal paso y terminé prestando el ejemplar verdadero. A veces tomamos decisiones cuyo fracaso conocemos desde el principio. Prestar un libro raro es una de ellas.
De esos dos libros, al menos, tengo sospechas de quiénes podrían tenerlos. Ojo: digo sospechas porque ya me ha ocurrido que, después de atribuirle durante años la desaparición de un libro a una persona, descubro que nunca se lo presté. La memoria reconstruye la escena, recupera una conversación, imagina el momento de la entrega y termina convenciéndonos de la culpabilidad del otro, hasta que este lo niega con una seguridad capaz de desbaratar toda la investigación. No queda más remedio que confiar en su palabra. Ni modo que vayamos a denunciarlo ante alguna autoridad. ¿Qué podríamos decir? ¿Que hace doce años le prestamos un poemario y todavía no lo ha devuelto? El gusto por los libros es un oficio anárquico: nadie impone reglas, no existen tribunales y, cuando llega el momento de devolver un ejemplar raro, la ética y la moral dependen únicamente de la memoria del acusado.
Del último libro ni siquiera tengo sospechas. No recuerdo quién se lo llevó ni en qué momento dejó de acompañarme. Era El baño de Diana, de Pierre Klossowski, un libro raro que encontré en una librería de viejo en el centro de San Salvador y que, hasta donde sé, es prácticamente imposible de conseguir en Nicaragua. Tal vez por eso su pérdida me duele más. No era un libro que pudiera reemplazarse con una visita a cualquier librería, sino uno de esos hallazgos que parecen ocurrir una sola vez. Todavía puedo imaginar el lugar donde lo encontré, los estantes desordenados, el polvo, esa alegría íntima de reconocer entre tantos lomos un título que no esperaba ver allí. Lo que no puedo recordar es la mano a la que después se lo entregué.
He buscado otro ejemplar durante años sin ningún resultado. A veces pienso que quizá todavía esté en alguna caja de una mudanza, oculto entre papeles, fotografías y documentos viejos. Otras veces acepto que alguien lo tiene en su biblioteca y que, después de tanto tiempo, probablemente ya lo considera suyo. Todavía sueño con ese libro. Espero, al menos, que quien lo tenga lo haya leído y disfrutado. Sería demasiado triste descubrir que pasó todos estos años encerrado en una caja, sin regresar a mis manos y sin haberle servido a nadie.
Últimamente he dedicado algunos ratos del día a hacer memoria de los libros que he perdido entre mudanzas y préstamos. En una columna anoto los títulos que recuerdo no haber vuelto a ver y aquellos que sé con certeza que ya no están en mis manos; en otra escribo los nombres de los posibles deudores. La lista tiene algo de investigación policial y algo de ejercicio espiritual. No es mi intención ir a tocar a sus puertas para exigirles la devolución del libro secuestrado. Lo hago apenas para respirar hondo y resignarme a no verlo nunca más. Porque si después de dos años no te han regresado un libro prestado, resulta difícil creer que volverá únicamente porque lo pidás.
Sería cómodo presentarme como una víctima de los malos lectores, pero mis propios estantes guardan libros cuya procedencia no podría explicar con absoluta limpieza. Algunos me fueron prestados hace tanto tiempo que ya no recuerdo por quién. Otros sobrevivieron a mudanzas, rupturas y cambios de casa mientras el rostro del propietario iba perdiendo nitidez. Cada vez que encuentro uno de esos ejemplares reviso las primeras páginas en busca de una firma que me permita devolverlo. Casi nunca aparece. Podría decir que el tiempo me los concedió por derecho de permanencia, pero sé que en alguna biblioteca ajena quizá exista un hueco que lleva mi nombre.
A pesar de todo, todavía no he asumido la postura de mi amigo Francisco Ruiz —quien, por cierto, tampoco me devolvió media docena de ejemplares de mi colección de poesía nicaragüense—. Una vez le pedí prestada la poesía completa de Eliseo Diego y me respondió, sin vacilar:
—Últimamente no estoy prestando libros para conservar buenas amistades.
Esa frase encierra una sabiduría indiscutible. Prestar un libro puede convertirse en una prueba innecesaria para cualquier amistad. Entregamos el ejemplar con afecto, luego preguntamos por él con cautela y terminamos sintiéndonos culpables por reclamar algo que nos pertenece. Yo, en cambio, sigo encontrando placer en prestar mis libros, en sacarles copias y regalarlas. Soy incluso de los que compran ejemplares repetidos para obsequiarlos a sus amigos, como si la felicidad que un libro me produjo necesitara prolongarse en otras manos. Nunca pondría en tela de juicio una amistad por un libro que no me devuelvan. Eso sí: quien no lo regresa se expone a que no le preste ninguno más. Al menos esa es la amenaza que me hago en silencio y que, por supuesto, todavía no he cumplido.
Tengo, además, otra debilidad: cuando bebo, me da por regalar los libros que cargo en el bolso o que, por algún descuido, terminan sobre la mesa. Por esa razón he dejado de combinar alcohol y literatura. A la mañana siguiente puedo soportar el dolor de cabeza, reconstruir a medias las conversaciones de la noche anterior y hasta resignarme a algún mensaje inconveniente; lo verdaderamente difícil es descubrir que volví a casa con el bolso más liviano y sin aquel libro que juraba no prestar nunca. En esas ocasiones ni siquiera puedo culpar al nuevo propietario: fui yo quien, inflamado por el entusiasmo y un par de tragos, se lo entregó asegurándole que tenía que leerlo. La generosidad etílica es una de las mayores amenazas para cualquier biblioteca.
Así regalé la poesía completa de Federico García Lorca, un libro que entregué con la tranquilidad de quien está seguro de que al día siguiente encontrará otro ejemplar. Hasta el momento no ha sucedido. También desaparecieron de esa manera dos o tres libros de Harold Bloom, cuyos títulos ahora no sabría precisar, y una hermosa edición de El pensamiento poético en la lírica inglesa, de Luis Cernuda, uno de esos libros que regalé convencido de que podría volver a comprarlo y que después se vuelve, precisamente por eso, inencontrable.
Los libros de crítica literaria —esa literatura sobre la literatura— no suelen ser muy demandables. Nadie los pide con la desesperación con que se pide una novela o un poemario, de modo que parecen fáciles de reemplazar. Luego intento recuperarlos y descubro que ni siquiera recuerdo el título exacto del volumen que, con varios tragos encima, recomendé con una elocuencia probablemente superior a la del propio Bloom. De otros libros prefiero no reconstruir el destino. Supongo que algunos continúan en las bibliotecas de amigos que quizá tampoco recuerdan quién se los regaló. De algo estoy seguro: la noche en que los entregué debí de sentirme generoso, lúcido y convincente. A la mañana siguiente solo quedaba el espacio vacío en el bolso y la vaga sensación de haber promovido la lectura a costa de mi propia biblioteca.
Rectifico, entonces, lo dicho al principio. Una de las cosas que deberíamos aprender con los años es a no mostrar nuestra biblioteca. Pero díganme: ¿acaso mostrarla no produce una satisfacción casi narcisista cuando otros admiran nuestras colecciones, los libros con los que nos hemos formado y aquellos cuyo hallazgo podría sostener por sí solo una crónica? Cada ejemplar raro nos ofrece la oportunidad de contar dónde apareció, cuánto costó, cuántos años lo buscamos y qué azar terminó poniéndolo en nuestras manos. Mostrar una biblioteca es también mostrar, con un poco de vanidad, la historia de la persona que alguna vez aspiramos a ser.
No sé ustedes, pero yo todavía disfruto hacerlo. Me gusta sacar un libro del estante, contar dónde lo encontré, abrirlo en una página marcada y entregárselo a alguien para que lo hojee. Después observo sus manos, calculo la distancia que lo separa de la puerta y me preparo para escuchar la frase que ya conozco. Tal vez algún día aprenda a decir que no. Por ahora sigo prestando libros, comprando ejemplares repetidos, regalándolos cuando bebo y haciendo listas inútiles de los que nunca regresaron. Es un vicio que debo abandonar, aunque sospecho que, como todos los vicios verdaderos, ya forma parte de mi manera de estar en el mundo.

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