La carrocería es el cuerpo. Crónica de un motero tardío
Get your motor runnin′
Head out on the highway
Looking for adventure
In whatever comes our way
Steppenwolf
Desde pequeño me sentí fuertemente atraído por las motos. Admiraba a esos hombres intrépidos que se montaban sobre una máquina cuya conducción me parecía imposible. ¿Cómo lograban sostenerse sobre dos ruedas, inclinarse en las curvas y acelerar sin salir despedidos? La respuesta comenzó a revelárseme cuando aprendí a andar en bicicleta y descubrí que el equilibrio no depende de la fuerza, como uno imagina al principio, sino de la concentración. Después, cuando se domina el movimiento, ya ni siquiera hace falta pensar demasiado: la bicicleta —y supuse que también la moto— termina por convertirse en una prolongación del cuerpo.
Quizá por eso, durante mi infancia anhelé algo más que una mediocre bicicleta en la que podía hacerme —y, en efecto, me hice— unas cuantas raspaduras. Yo quería una moto. Una máquina verdadera que rugiera debajo de mis piernas. La bicicleta podía llevarme hasta la esquina, a la casa de algún amigo o a dar vueltas por el barrio, pero la moto pertenecía a otro territorio de la imaginación. Representaba la carretera, el viaje y esa forma de libertad que uno conoce primero por las películas y solo mucho después, cuando tiene suerte, por la experiencia.
Con semejante declaración, cualquiera pensaría que lo primero que hice al alcanzar la edad legal para conducir y comenzar a ganar mi propio dinero fue comprarme una. Pero no ocurrió así. Cuando yo era joven, digamos entre los dieciséis y los treinta años, adquirir una moto no era tan fácil como lo es ahora, cuando una casa comercial te la entrega casi con solo mostrar la cédula y demostrar que respirás. En aquel tiempo había que reunir una cantidad considerable de dinero o aceptar un financiamiento por el que parecían pedirte que te sacaras un ojo de la cara, te extirparas un riñón y dejaras el otro como garantía.
Después de los treinta me ganó el temor. No fue un miedo repentino, sino una desconfianza alimentada poco a poco por el exagerado bombardeo de las redes sociales, que todos los días muestran una, dos o una docena de catástrofes en moto. Basta abrir Facebook para encontrarse con un casco abandonado sobre el pavimento, una motocicleta partida en dos o una fotografía borrosa acompañada por algún mensaje amarillista. Uno termina creyendo que todo motociclista está destinado a aparecer tarde o temprano en una publicación de sucesos.
Lo más conveniente, lo más sensato y responsable parecía comprar un tranquilo y seguro automóvil de cuatro ruedas. En la moto, dicen, la carrocería es el propio cuerpo; dentro de un auto, en cambio, uno cuenta al menos con un montón de latas que pueden servir de colchón ante el impacto de un camión o la embestida de alguna de esas Hilux asesinas que circulan por Managua. Las conducen hombres y mujeres con el ego tan inflamado que parecen considerar la camioneta una extensión de su importancia social. La Hilux es el perro bóxer de los automóviles: grande, musculosa, de aspecto intimidante y casi siempre convencida de que el espacio público le pertenece.
Y, sin embargo, el deseo de tener una moto nunca desapareció de mi cabeza. Aquí debo hacer una confesión: no siento ninguna atracción por las motos de carrera ni por esas motos de mensajero que se deslizan entre los vehículos con una prisa suicida. Tampoco me interesa que la moto sea veloz o escandalosamente ruidosa. Mucho menos —y en esto soy categórico— me atrae la idea de pertenecer a una banda de moteros, de esas cuyos integrantes llevan las mismas chaquetas, se cosen distintivos en la espalda, redactan mandamientos y se juran una lealtad que a veces parece más exigente que la de un matrimonio. Yo, que siempre he sido reacio a pertenecer a grupo alguno, ya sea religioso, político o de cualquier otra naturaleza, difícilmente podría sentirme cómodo en una de esas caravanas. A mí me atrae otra cosa: la soledad de la carretera, el paisaje moviéndose a ambos lados, la sensación de avanzar sin que nadie me imponga el ritmo ni el destino.
Sí, como quizá ya se lo haya imaginado el lector, soy un heredero tardío, y mucho menos temerario, de Easy Rider, la película de Dennis Hopper. Solo que mi carretera no comenzaría en algún punto remoto de los Estados Unidos, sino en Managua, una ciudad donde conducir cualquier vehículo exige una combinación de paciencia, sospecha, resignación y una fe quizá excesiva en el ángel de la guarda.
Así fue como, poco antes de cumplir los cuarenta y cuatro años, decidí comprar mi primera moto. No lo hice, claro está, sin recibir antes dos cursos de conducción. A esa edad uno ya no se lanza a ciertas aventuras con la misma inconsciencia de los veinte. Investiga, pregunta, mira tutoriales y trata de reducir el margen de error.
En el primer curso me sentí completamente estafado. Más que enseñarme a conducir, me prepararon para superar el examen práctico de la licencia. Aprendí a avanzar unos metros, mantener el equilibrio, dar una vuelta alrededor de unos conos y aparentar durante algunos minutos que sabía lo que estaba haciendo. Terminé el curso sin aprender a meter correctamente las marchas, sin saber frenar con seguridad y sin la menor idea de cómo reaccionar ante una situación real en la calle. Era como si me hubieran enseñado a mover los pies para bailar sin decirme qué debía hacer cuando comenzara la música.
La prueba de mi ignorancia llegó cuando mi hermano me prestó su moto. Después de verme conducir unos minutos, fue categórico: si salía así a la calle, lo más probable era que terminara en el suelo o que algún vehículo me pasara llevando. No lo dijo con crueldad, sino con la tranquila seguridad de quien acaba de presenciar un desastre en preparación. En el tráfico de Managua, donde cada semáforo parece el inicio de una competencia, su pronóstico resultaba bastante razonable.
En el segundo curso, por fortuna, aprendí algo más parecido a manejar. Logré meter las marchas, frenar sin sentir que la moto quería deshacerse de mí y, finalmente, salir a la calle acompañado por el instructor. Recorrimos unas cuantas cuadras mientras yo vigilaba los retrovisores, apretaba el manubrio con demasiada fuerza y trataba de recordar al mismo tiempo dónde estaban el embrague, el freno, el cambio de luces y la bocina. Aquello bastó para darme una confianza quizá desproporcionada, pero suficiente para tomar la decisión que había postergado durante casi toda mi vida.
El día en que decidí comprarla fue un día cualquiera. A lo mejor habría sentido más alegría si lo hubiera hecho antes de los treinta, pero a los cuarenta los golpes de la vida, tan fuertes, yo no sé, o quizá el haber agotado ya unas cuantas posibilidades de asombro, vuelven más sobrias hasta las alegrías largamente esperadas. No salté, no me tomé una fotografía abrazado a la vendedora ni sentí que una música de película empezara a sonar cuando cerramos el trato. Le pregunté por la forma de pago, por lo que incluía la compra y por el plazo de entrega. Al día siguiente hice el depósito. Así de sencillo. El sueño que me había acompañado desde la infancia terminó resolviéndose con una transferencia bancaria y un comprobante guardado en el teléfono.
Busqué lo más cercano a una cruiser que podía encontrarse en el mercado nicaragüense y terminé eligiendo una UM Renegade 200S. Me pareció bella desde el primer momento: ni demasiado grande ni demasiado ruidosa, con una altura cómoda y una conducción lo bastante amable para un principiante.
El primer golpe de realidad llegó con la primera caída. Más que un accidente fue una novatada. Ocurrió en el parqueo y la caída, en sí misma, no tuvo demasiada importancia; el drama vino después. Cuando perdí el equilibrio, el peso de la moto me arrastró y me hizo dar varios giros que llevaron al vigilante a creer que acababa de presenciar un accidente aparatoso. Acudió alarmado y me encontró en el suelo, tratando de recuperar la dignidad antes que la verticalidad. Fue más la vergüenza que el golpe, más el espectáculo que el dolor. Aunque todavía siento una molestia leve en la mano, a estas alturas resulta difícil saber qué dolor pertenece a la caída y cuál venía conmigo desde antes. ¿Qué parte del cuerpo no duele ya, de vez en cuando, cuando uno ha entrado en la mediana edad?
Mi familia, para mi sorpresa, no reaccionó tan mal como esperaba. Podría considerar eso una buena señal. O quizá no: las llamadas y los mensajes de mi madre aumentaron desde el momento en que supo que había comprado la moto. Cada salida empezó a producir una pequeña cadena de verificaciones: si ya había llegado, por dónde andaba, a qué hora pensaba regresar. Yo había adquirido una moto; mi madre, en cambio, había adquirido una nueva preocupación.
La moto cumplió, al menos, una parte de la promesa. Me libró de esperar media hora un bus que después tardaría una o dos horas en llevarme a mi destino, según el tráfico, las paradas y el ánimo del conductor. También de viajar apretado entre desconocidos, soportar música a un volumen demencial y sentir que cada recorrido en transporte colectivo constituye una forma cotidiana de ultraje. La otra parte del trato estaba en la calle.
Allí estaban el calor del motor, el humo de los buses, los semáforos interminables, los baches, la lluvia repentina y la certeza de que, en cualquier momento, alguien podía decidir que el espacio que yo ocupaba le pertenecía. La carretera de las películas suele estar vacía. La de Managua está llena de taxis que se detienen sin avisar, buses que cambian de carril obedeciendo a una lógica misteriosa y conductores que consideran las señales de tránsito simples recomendaciones para los demás.
A pesar de todo, andar en moto sigue siendo una de las experiencias más fascinantes que he conocido. El automóvil ofrece comodidad, tranquilidad y una razonable sensación de seguridad; la moto pertenece a otro orden. Uno siente el viento, los cambios de temperatura, el olor de la lluvia antes de que caiga, el humo, el polvo y la cercanía del paisaje. El cuerpo entero participa del trayecto. La ciudad deja de observarse detrás de un vidrio y empieza a sentirse directamente sobre la piel. Tal vez sea solamente una cuestión de gusto: algunos toman el café cargado de azúcar y otros lo preferimos amargo; hay quienes idealizan el sol, mientras otros recibimos la lluvia y el frío como si siempre hubieran formado parte de nuestra propia piel. El automóvil protege del mundo. La moto obliga a atravesarlo.
Ese entusiasmo se interrumpía cuando otros motociclistas aparecían de pronto por mi lado derecho, se colocaban demasiado cerca y aceleraban para obligarme a aumentar la velocidad. Algunos pasaban junto a mí haciendo rugir el motor, empeñados en demostrar una extraña superioridad que parecía depender de los centímetros cúbicos de su máquina, de la cantidad de ruido que fueran capaces de producir o de alguna noción viril de la velocidad que todavía no logro comprender. Yo no estaba compitiendo con nadie, pero ellos parecían convencidos de que toda calle es una pista y todo motociclista cercano, un rival al que deben dejar atrás.
Tampoco tardaron en reaparecer las Hilux y los demás vehículos cuyos conductores cambian de carril aunque uno ya esté ocupando el espacio que ellos necesitan. Se acercan, encienden la direccional —cuando la encienden— y comienzan a desplazarse lentamente hacia uno, como si el tamaño de su vehículo les concediera el derecho natural de atravesar cualquier cuerpo más pequeño. En Managua, conducir una moto significa aceptar que para muchos automovilistas uno es apenas una molestia, un obstáculo provisional o una silueta que debería apartarse antes de obligarlos a tocar el freno.
Comprendí entonces que mi Easy Rider particular tendría menos horizontes desiertos, menos música folk, demasiados semáforos y un número alarmante de conductores impacientes. La libertad de la carretera no consistía en avanzar sin miedo, sino en aprender a convivir con él: vigilar los retrovisores, anticipar la imprudencia ajena y desconfiar de los buses, de los taxis y de cualquier vehículo que se acercara demasiado.
El mito perdió así su inocencia, pero no desapareció. Todavía está presente cada vez que enciendo la moto y escucho el motor debajo de mí, cuando la primera marcha entra sin dificultad y comienzo a moverme. Entonces vuelve aquel niño que miraba a los motociclistas con una mezcla de admiración y desconcierto, convencido de que sobre aquellas dos ruedas se encontraba alguna forma secreta de libertad. Ahora sabe que aquella promesa lleva casco, frena en las intersecciones, mira dos veces por los retrovisores y, antes de perderse un rato por la carretera, le responde a su madre que sí, que ya llegó bien.


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