Camina sin prisa, que estás en Huelva


 


 Por Víctor Ruiz M.

La primera vez que llegué a Huelva no tuve la impresión de encontrarme ante una ciudad dispuesta a explicarse de inmediato. Desde la ventanilla del tren, el paisaje parecía extenderse sin límites claros entre la ría, las marismas y una presencia industrial que interrumpía cualquier idea demasiado romántica de Andalucía. Después aparecieron las avenidas, los pocos edificios, las lomas y ese cielo amplio que en Huelva parece ocupar más espacio del habitual. Ningún monumento se impuso como emblema y resumen de la ciudad. Huelva se presentó discretamente, con paciencia, casi como si prefiriera esperar antes de revelarse por completo.

Había llegado gracias a una beca de la Fundación Carolina para trabajar en mi tesis doctoral sobre la presencia del pensamiento y la estética orientales en la poesía latinoamericana. El plan contemplaba tres estancias distribuidas a lo largo de tres años. Pude realizar dos; la última se frustró porque no obtuve el permiso en mi trabajo. Entonces no sabía cuánto de aquella ciudad terminaría incorporándose a mi memoria: los libros que encontré y después perdí, los senderos del Parque Moret, las casas del Barrio Inglés, los cafés donde podía prolongar una conversación sin sentirme expulsado y la calma que agradecía cada vez que regresaba de otras ciudades andaluzas.

Antes de conocerla, ya había escuchado suficientes opiniones sobre Huelva. Se decía que era una de las ciudades menos turísticas de España, una de las capitales más pobres y uno de los destinos con menos atractivos para el visitante. La comparación con Sevilla, Granada, Córdoba o Cádiz resultaba inevitable y casi siempre la dejaba en desventaja. Huelva no tenía una Alhambra, una Giralda o una Mezquita que pudiera resumirla en una postal. Carecía de ese monumento reconocible ante el cual los turistas hacen fila para fotografiarse y dejar constancia de su paso por el mundo.





 Durante los primeros días me pregunté si aquellas opiniones no tendrían algo de razón. Huelva no hace demasiados esfuerzos por impresionar al recién llegado. Sus atractivos se encuentran dispersos entre el puerto, las lomas, los parques y las calles de una ciudad que ha crecido sin la preocupación de convertirse en escenario. Con el tiempo comprendí que la pregunta acerca de qué había que ver estaba mal formulada. Huelva exigía otra disposición: había que permanecer en ella, caminarla sin prisa y aceptar que su mayor virtud quizá residiera en aquello que otros consideraban una carencia.

 


 

Esa diferencia se hacía evidente en los cafés. Uno podía pedir un café, un montadito y pasar un buen rato conversando sin que el mesero se acercara cada pocos minutos a preguntar si queríamos algo más. Todos conocemos el verdadero significado de esa pregunta cuando hay personas esperando mesa. El mesero sonríe, se interesa con mucha amabilidad por nuestro bienestar y, al mismo tiempo, nos comunica que el café terminó hace veinte minutos, que ya hemos dicho suficientes palabras y que ha llegado la hora de largarnos. En Huelva, en cambio, el café podía enfriarse y el plato quedar vacío mientras la conversación seguía sin que nadie calculara cuántos euros justificaban nuestra permanencia.

Tal vez parezca una virtud demasiado modesta para una ciudad, pero aprendí a valorar aquel derecho a quedarse. Lo comprobaba cada vez que regresaba de Granada, Sevilla o Córdoba. Sería absurdo negar la belleza de esas ciudades; también sería falso negar el cansancio que pueden producir sus grupos de turistas, las cámaras, las maletas y las personas detenidas en mitad de una acera para repetir una fotografía que miles habían tomado antes. Volver a Huelva era recuperar un forma de vida más lenta, porque ella invita a respirar con calma después de un baño de turistas. Sus parques silenciosos, el poco tráfico y las calles sin aglomeraciones me producían la sensación de regresar a una habitación propia después de pasar demasiadas horas en una sala llena de desconocidos. Huelva no me exigía admiración. Podía caminar por ella sin la obligación de estar continuamente maravillado.

Más que un turista devorador de ciudades o de selfies frente a monumentos o catedrales, me considero un buscador de libros. De las ciudades me interesan sus librerías, sus ferias, los puestos de viejo y los mercadillos donde se amontonan ejemplares que ya pertenecieron a otros. Puedo prescindir de subir a una torre o de probar el plato que todas las páginas de turismo gastronómico recomiendan, pero necesito saber dónde están los libros. Por eso, una de las primeras preguntas que le hice a mi directora de tesis fue dónde podía encontrarlos en Huelva. Su respuesta, pronunciada con una sinceridad que para mí resultó aterradora, fue contundente:

—Solo hay una librería que vale la pena: la Librería Saltés.

Llegué a Saltés después de haberme perdido deliciosamente por los recovecos de la ciudad. Perderse sin prisa continúa siendo una de las mejores maneras de conocer un lugar, aunque llevemos en el bolsillo un teléfono capaz de indicarnos la ruta más corta. Aquellas caminatas me permitieron descubrir el puerto, la vieja plaza de toros y algunas lomas que en otoño adquirían tonos grises y naranjas. Bajo esa luz, Huelva se volvía más misteriosa. Las hojas secas, los desniveles y ciertas calles casi vacías le daban una melancolía que contrastaba con la claridad abierta de los meses cálidos.


 


 


En uno de esos recorridos conocí el Barrio Inglés, o Barrio Reina Victoria, aunque el nombre popular explica mejor la extrañeza que produce. Sus casas, los tejados inclinados, las chimeneas y los pequeños jardines parecían haber sido trasladados desde otro país y colocados allí por equivocación. El barrio conserva la memoria de la presencia británica vinculada con la explotación minera y el desarrollo industrial de Huelva. Sus viviendas cuentan una historia doméstica: trabajadores, ingenieros y familias extranjeras que intentaron reproducir una pequeña Inglaterra bajo el sol del sur. Me gustaba caminar por aquellas calles, tan quietas que a veces parecían el escenario de una obra después de que los actores se hubieran marchado.

Saltés confirmó que mi directora no había exagerado respecto a su calidad. Era un lugar exquisito para pasar una mañana buscando poesía o ensayo, sin padecer las aglomeraciones de las librerías del centro de Madrid o Granada, donde siempre hay turistas impertinentes bloqueando los pasillos y fotografiando portadas como si acabaran de descubrir la literatura. En Saltés podía hojear un libro, leer algunas páginas y devolverlo a su lugar sin que nadie respirara sobre mi hombro.

Debo confesar, sin embargo, que fui una o dos veces y después me aburrí. Ya sabía más o menos lo que encontraría. Mi interés por los libros se parece más a la exploración que a la compra: me entusiasma revisar cajas y descubrir aquello que no había salido a buscar. Tampoco soy, o al menos eso me gusta creer, un comprador compulsivo. Esta declaración pierde credibilidad cuando recuerdo que dejé más de cincuenta libros en Huelva. Los confié a una amiga durante el intervalo entre mis estancias, convencido de que regresaría por ellos. Cuando volví, me dijo que se habían perdido. Nunca comprendí cómo pueden extraviarse cincuenta libros. Uno pierde las llaves, un recibo, un calcetín o incluso un libro. Para perder cincuenta se necesita cierta disciplina.

Con el tiempo descubrí los mercadillos de libros usados de AyreSolidario. Allí, por tres euros, uno podía llevarse ejemplares maravillosos. El fondo se renovaba constantemente y cada visita conservaba la promesa del hallazgo. En aquellas mesas encontré Bella del Señor, de Albert Cohen; La diosa blanca, de Robert Graves, y una edición de las obras completas de François Mauriac. Todos quedaron entre los libros que jamás recuperé. Lamento especialmente la pérdida de Mauriac. Algunos ejemplares pueden reemplazarse; otros quedan unidos a la mañana en que los encontramos, al precio absurdo que pagamos por ellos y a la felicidad de salir con el libro bajo el brazo.

Los mercadillos de AyreSolidario me dieron algunos de los momentos más felices de mis estancias. La felicidad de un buscador resulta difícil de explicar a quien entra a una librería con un título anotado, pregunta por él, paga y se marcha. La búsqueda necesita incertidumbre. Consiste en revisar muchos libros que no nos interesan hasta que aparece uno que parece haber sido dejado allí para nosotros. Eso fue suficiente para que comenzara a enamorarme de Huelva.

Hubo otro lugar decisivo. El Parque Moret me ayudó a atravesar uno de los periodos más difíciles de mi primera estancia. Durante aquel otoño padecí una depresión que por momentos me impedía leer y escribir. Había viajado a España para trabajar en mi tesis, pero algunas mañanas abría un libro sin comprender lo que tenía delante. Otras pasaba horas frente a la computadora mirando una página en blanco, como si hubiera cruzado el océano únicamente para comprobar que las palabras podían abandonarme.





 

Para alguien que viene de un país tropical, las estaciones poseen al principio algo del glamour literario. Las conocemos por los poemas, las novelas y las películas. Hemos leído sobre las hojas secas, los árboles desnudos y la llegada de la primavera, pero leer el otoño y vivirlo son cosas distintas. Al principio me fascinó ver cómo cambiaban los colores. Después comenzaron a pesarme la oscuridad temprana, el frío y la lenta desnudez de los árboles. El paisaje exterior terminó pareciéndose demasiado a mi estado de ánimo.

No recuerdo cuándo comencé a visitar el Parque Moret. Seguramente llegué durante una de mis caminatas sin rumbo. Lo que sí recuerdo es la sensación de haber encontrado dentro de la ciudad un territorio más amplio y silencioso, hecho de senderos, lomas, árboles, bancos y un estanque alrededor del cual la vida transcurría sin demasiada urgencia. Caminaba, observaba a los perros correr, escuchaba las conversaciones de las familias y terminaba sentado en algún banco mirando los pájaros o el agua. El parque no me pedía avances de tesis ni explicaciones sobre lo que estaba haciendo con mi vida. Me permitía estar en silencio sin sentirme completamente solo.

La primavera comenzó con pequeñas señales. Cambió la luz, aparecieron los primeros brotes y los pájaros se volvieron más ruidosos. Después de varios meses contemplando ramas desnudas, una hoja nueva podía adquirir una importancia desmesurada. La transformación fue lenta. No hubo una mañana en que todos los árboles amanecieran cubiertos de hojas para anunciarme que mis problemas habían terminado. La naturaleza carece del sentido dramático que los escritores solemos atribuirle. Sin embargo, el parque me devolvió la capacidad de prestar atención, y prestar atención, cuando la tristeza ha vaciado de sentido la realidad, ya es una forma de regresar.

A esa experiencia le dediqué el poema “Domingo de primavera en el Parque Moret”, publicado después en Círculo de Poesía. Allí aparecen un banco de madera, los pájaros, el estanque, una mariposa y unas mujeres andaluzas que celebran ruidosamente el domingo. No tuve que inventar demasiado. Todo estaba en el parque; yo necesitaba recuperar la disposición para verlo.

Mientras observaba los primeros brotes, recordé el olmo de Antonio Machado. Durante años había leído “A un olmo seco” como uno de esos poemas que los profesores explican mediante símbolos: el árbol enfermo, la rama verde, la esperanza. En el Parque Moret comprendí que la imagen era menos abstracta de lo que parecía. Machado quería anotar “la gracia de tu rama verdecida” y esperaba “otro milagro de la primavera”. Yo no habría utilizado entonces la palabra milagro. Me parecía demasiado solemne para unos brotes, unos pájaros y una mariposa posada sobre mi mano. Pero cuando uno atraviesa una depresión, la vida suele regresar mediante acontecimientos que, vistos desde fuera, parecen insignificantes. Cambia la luz, reverdece una rama y uno descubre que ha logrado pensar durante unos minutos en algo que no es su propia tristeza.

Huelva no termina en la capital. Para comprenderla hay que salir y recorrer algunos lugares donde la historia y la literatura se vuelven tangibles. En Palos de la Frontera, frente a las reproducciones de la Niña, la Pinta y la Santa María, lo primero que sorprende es el tamaño. Uno imagina barcos imponentes, dignos del acontecimiento que protagonizaron, y se encuentra con embarcaciones estrechas y frágiles. Para un latinoamericano, la visita tampoco puede ser inocente. En España, el relato suele organizarse alrededor del descubrimiento y la hazaña marítima; desde América, el mismo episodio aparece acompañado por la conquista, la violencia y la imposición de una lengua y una religión.

Frente a aquellas naves no sentí orgullo ni rechazo absoluto, sino el peso de una contradicción. La lengua en la que escribo llegó a América como parte de ese proceso, pero también provengo de un continente que pagó un precio incalculable por aquella expansión. Lo que más me impresionó fue comprobar que una transformación inmensa había comenzado en un puerto relativamente pequeño. La historia, cuando sucede, no tiene música épica: se parece a unos hombres cargando provisiones, reparando una vela y esperando que el viento sea favorable.

Moguer me ofreció otro encuentro. Allí todo parece respirar a Juan Ramón Jiménez, a Platero y yo y a los poemas del Premio Nobel. Hay escritores que nacen en un lugar y otros que terminan inventándolo. Juan Ramón pertenece a los segundos. Después de leerlo, uno ya no puede caminar por Moguer con una mirada completamente propia. La blancura de las casas, los patios, las campanas y la luz de la tarde pasan a través de sus palabras. Uno sabe que Platero no aparecerá al doblar una esquina y, sin embargo, lo busca. Esa es una de las victorias de la literatura: conseguir que un animal escrito termine habitando para siempre un pueblo verdadero.




En la sierra onubense tuve la impresión de que el tiempo cambiaba junto con el paisaje. Las carreteras se volvían sinuosas, aparecían los bosques y los pueblos se agrupaban alrededor de castillos e iglesias. El presente se había acomodado dentro de una estructura antigua. Desde lo alto de una fortaleza, las casas se reducían a tejados blancos y ocres. La vista era hermosa, aunque aquellos castillos no se construyeron para contemplar el paisaje: sirvieron para vigilar caminos, defender fronteras y ejercer el poder. La historia adquiere profundidad cuando deja de ser decoración.

Huelva terminó ofreciéndome distintos encuentros: la memoria minera del Barrio Inglés, la felicidad de los libros inesperados, la primavera del Parque Moret, las contradicciones de Palos, la poesía de Moguer y un pasado todavía adherido a las piedras de la sierra. No me enamoré de la ciudad a primera vista. Desconfío, además, de las ciudades que se entregan demasiado pronto. Algunas deslumbran durante unos días y luego se agotan. Huelva necesitó tiempo. Tuve que caminarla, aburrirme, perderme, encontrar libros, perderlos y esperar a que los árboles recuperaran sus hojas.

Cuando pienso en ella, no recuerdo una ciudad monumental. Recuerdo una ciudad en la que pude quedarme. Veo un café y un plato vacío sobre la mesa, las casas del Barrio Inglés, una edición de Mauriac que ya no me pertenece, el banco desde donde contemplé el regreso de la primavera y las calles de Moguer todavía habitadas por Platero. Tal vez amar una ciudad consista en recordar aquello que difícilmente aparecerá en una guía. Los grandes monumentos pertenecen a todos; una mesa, un sendero o un libro encontrado por tres euros terminan siendo únicamente nuestros. Huelva no necesitó deslumbrarme para permanecer en mi memoria. Le bastó concederme un poco de silencio, algunos libros y un parque donde pude esperar a que terminara el invierno.

Comentarios

Entradas populares de este blog

Rubén Darío: el origen de la poesía moderna en hispanoamérica

Un Darío para cada etapa de la vida

Tres notas sobre Rubén Darío. De Azul... a Cantos de Vida y Esperanza. Los cisnes y otros poemas.