¿Qué hacer con el amor cuando el amor no se basta?: Una lectura de «El poema de amor» de Carlos Fonseca Grigsby

 

"El beso" (1897) de Edvard Munch

 Por José Ñamendy 

      "Un deseo satisfecho no es un gran deseo", dice una de las máximas de Yeats y el gran erudito Walter Muschg nos advierte que "El gran arte plasma lo que el hombre echa de menos; no lo que posee". Es decir que el arte, particularmente la poesía, necesita la carencia, el deseo insatisfecho y el dolor como las fuentes de donde emana la grandeza de espíritu, el estro que posibilita el arte.

      Según esta tesis, la poesía sería una sublimación de los deseos insatisfechos, de la infelicidad de los poetas. En efecto, bastaría un vistazo a la tradición literaria amorosa para ver confirmada esta afirmación: el amor prohibido, el amor irrealizado o el amor no correspondido es el tópico por excelencia en la poesía amorosa, principalmente en la tradición petrarquista.

      Una de las manifestaciones más tempranas del amor imposible la encontramos en el mito de Orfeo, quien pierde a su esposa Eurídice cuando esta muere a causa de la mordedura de una serpiente. Orfeo desciende al Hades para rescatar a su amada, pero las deidades le advierten que mientras no termine el viaje de vuelta a la tierra no puede volver a ver a Eurídice porque la volvería a perder de manera definitiva. Durante el viaje Orfeo no se resiste y voltea a ver a su amada, esta vuelve al mundo de los muertos; desde entonces Orfeo entona canciones tristes por la nostalgia de la mujer amada y perdida, y muere a manos de mujeres celosas del amor que Orfeo profesa a Eurídice. El mito es de alguna manera la prefiguración del amor imposible que se convertiría en el principal tópico de la lírica amorosa, desde la Beatriz de Dante a la Isabel de Garcilaso.

      Es preciso apuntar que la poesía amorosa contemporánea tiene uno de sus orígenes en el amor cortés de los trovadores. Es sabido que estos poetas cantaban composiciones a una dama, la mayoría de las veces, carnalmente inaccesible, un sentimiento sublimado en la poesía, un amor que tenía más de imaginación que de ambición sexual, pero que también solo era capaz de manifestarse en un hombre noble de sentimientos y de alcurnia aristocráticos, el amor de alguna manera ennoblecía a su huésped y, al ser una pasión irrealizable, tenía un efecto purificador. Era, entonces, un amor superior al amor realizado de los esposos, con una fuerte influencia del platonismo y el cristianismo, su característica principal es su naturaleza abstracta e imaginativa. Don Quijote ilustra este tipo de amor: “…yo soy enamorado, no más porque es forzoso que los caballeros andantes lo sean; y siéndolo, no soy de los enamorados viciosos, sino de los platónicos continentes.” (283)

        Este desprecio por los sentidos y la carne será una constante del amor cortés, se trata de una literaturización, de una intelectualización, de la pulsión sexual. Tema predilecto es el amor de oídas, muy del gusto de la época, como nos comenta Ynduráin:

El amor de oídas, en esta tradición, funciona como una exquisitez sentimental: la excelencia de la dama -y la sensibilidad del caballero- es tal que puede producir amor por sólo la fama; es un caso extremo y paradójico muy del gusto de la refinada poesía cortesana y, por otra parte, no deja de remitir al hado o a las estrellas como causa última e inesquivable de una atracción amorosa que ejerce su poder incluso a distancia, sin que se haya contemplado nunca el objeto del deseo.

       Uno de los casos más conocidos es el del poeta Jaufré Rudel, quien se enamora de oídas de una notable dama. Le escribió poemas sin conocerla, y cuando la llegó a ver (ya muy enfermo) falleció. Este caso es, en realidad, una leyenda; pero a la vez ilustra alegóricamente la naturaleza del amor literario: cuando el poeta se acerca a la realización de su deseo la inspiración muere.

      El amor de oídas es el caso más extremo del amor puramente intelectual, el amor literario puro, sin la contaminación de los sentidos, sin la contaminación de la realidad carnal. Difícil no recordar a Platón y su desprecio por los sentidos, que Nietzsche tanto deploraría. El tópico del amor de oídas también nos llega a través del Quijote:

      «Tú me harás desesperar, Sancho -dijo don Quijote-. Ven acá, hereje: ¿no te he dicho mil veces que en todos los días de mi vida no he visto a la sin par Dulcinea, ni jamás atravesé los umbrales de su palacio, y que sólo estoy enamorado de oídas y de la gran fama que tiene de hermosa y discreta? [...] No se atenga a eso, señor -respondió Sancho-; porque le hago saber que también fue de oídas la vista y la respuesta que le truje». (el Quijote en Ynduráin sf)

      Fuerte influencia tiene el amor cortés en la imaginería petrarquista donde, una vez más, el amor imposible es el tópico. El caso de Petrarca es conocidísimo: se enamora de Laura quien, desde luego, se casa con otro hombre. Petrarca le escribe una ingente cantidad de canciones y sonetos tanto en vida como después de muerta, composiciones que influirían decisivamente en la poesía de corte amoroso que repetiría el mismo tópico.

      Podríamos tomar el caso de Garcilaso de la Vega: se enamora de Isabel Freyre, esta se casa con otro hombre y, nuevamente, nos hallamos ante la poesía amorosa cuyo tópico es el amor no correspondido, el amor imposible. Las numerosas canciones y sonetos dan testimonio de ello. Pero el tema resalta particularmente en las églogas, donde Salicio y Nemorosos, dos pastores cantan el amor imposible, ya sea por la muerte o por los celos.

      Más acá en el tiempo, el tema tiene una fuerte presencia. Solo por citar el caso de Pedro Salinas, quien en su amor platónico por Katherin Whitmore escribió uno de los poemarios de amor más emblemáticos de la poesía española: La voz a ti debida. Hay una filiación evidente entre el amor cortés y el tratamiento temático del amor en la poesía de salinas.

      “El paraíso recobrado” es un espléndido poema de amor escrito por Carlos Martínez Rivas cuando este tenía 16 años, esta composición también se inscribe dentro de esta tradición (la petrarquista, aunque luego esta misma tradición sea negada en libros como La insurrección solitaria o Infierno de cielo.). El texto está inspirado en su amor de adolescencia, Yadira Jiménez, quien estuvo en Nicaragua por un breve tiempo:

La conocí una mañana

en el aeropuerto de San José de Costa rica-

Lo demás no puede ser más sencillo:

la amé. Todos los jóvenes la amábamos.

Un día partió para Colombia,

para Cartagena…

Y, entonces, yo,

al no hallar qué hacer con mi amor,

hice de él una canción.

 

        No es el objetivo describir toda la tradición del tópico del amor no correspondido, pero es necesario el contexto para aproximarnos a la intención estética del texto que nos ocupa, "El poema de amor", pues este es una reacción contra la poesía amorosa entendida como escritura a partir del deseo no satisfecho; particularmente, el amor no correspondido. Encontramos esta actitud desde la apertura del poema: “Quise no escribirlo, luché contra él,/desprecié los poemas de amor que se han escrito antes que/ tú”. La actitud del yo lírico es de rechazo a la poética tradicional amorosa, se niega a repetir el lugar común de los poemas de amor.

        Luego encontramos la reflexión sobre la naturaleza del poema amoroso tradicional, sobre la poética petrarquista del amor como algo imposible: “Este poema debería estar escrito por un hombre/que nunca aprendió a amar,/que nunca aprendió a escribir,/ por un hombre que nunca te conoció”. Es decir: para escribir un poema de amor es preciso padecer el desamor, sin embargo ya podemos vislumbrar que estamos ante un texto que subvierte la poética amorosa como sentimiento de la carencia. Acá también es imposible no pensar en el enamoramiento de oídas (sin conocer a la amada) que fue de la predilección de la poesía del amor cortés.

        Desde los primeros versos del poema nos damos cuenta de que “El poema de amor” es una negación de la estética tradicional de la poesía amatoria, cuya poética es la escritura a partir del deseo, no de la realización carnal, por eso el poema de amor debería ser escrito por “Por el que no conoció el mar a través de la última playa de tu/ser”. Acá sabemos que el yo poético ya no escribe desde el amor sublimado, sino desde el amor consumado, de ahí que el yo lírico ya no invoque la musa abstracta de la poesía del amor cortés, sino la mujer viva, de cuerpo real: “que tu piel sea nuevamente el lugar donde la metáfora reveló/sus secretos”.

        Para la poesía amorosa tradicional del amor cortés o del petrarquismo la consumación del amor significaría la imposibilidad de la escritura, el amor realizado es antiliterario, por eso el caballero del amor cortés debe guardar absoluto sigilo si la dama ha accedido al encuentro carnal: “el amante desea un beso, pero el poeta desea simplemente desearlo” (Krispín, 1998: 663). Al contrario que en la escritura amorosa de Fonseca Grigsby, la escritura o el deseo de escritura persiste a pesar de la consumación del amor carnal. La siguiente estrofa confirma claramente esta idea: “¿Qué hacer con el amor cuando el amor en el amor no se/basta? “Así está la poesía desde tu vientre gritándome:/¡Escríbeme! ¡Mira la forma que he cogido!”. Acá ya no se escribe desde la carencia, sino desde el deseo colmado, la escritura se impone al poeta.

        El poema se divide en cuatro partes, en cada una de ellas se alterna una escritura amorosa como tal y una constante reflexión sobre esa misma escritura, que subvierte la poética amorosa concebida como una sublimación del amor no realizado. Leemos en la primera estrofa de la cuarta parte:

Cartas vi escritas con sangre, pero nunca con tinta de noche ̶

de las ruinas que quedaron de la noche, después que pasaras

     por allí ̶

Hoy escribo con esa tinta.

      Esas cartas escritas con sangre no son otros que los poemas productos del sufrimiento, a esa manera de entender la poesía, Fonseca Grigsby opone la escritura como un fin en sí mismo, esto lo emparenta más con la poesía moderna que reflexiona constantemente sobre el lenguaje y la escritura como una búsqueda personal que refleje sus particular visión de la poesía y del amor. Si bien el poema tiene un profundo carácter metapoético, también es cierto que el amor se expresa como una honda y gratificante experiencia, y la amada como un ser exaltado: “todas las cosas se han puesto a temblar/y solo tu nombre ha quedado quieto”.

        De manera que en la poesía amorosa tradicional es posible establecer una distinción entre el amor carnal y el amor literario como ficción, o entre hombre y poeta. En Fonseca Grigsby esta distinción no es posible, el poeta no puede ser abstraído del hombre: amante y poeta son un mismo ente, el amor en este caso trasciende la ficción literaria y el poema de tema amoroso es más que una cuestión de estilo. Nos encontramos, pues ante un texto donde la reflexión metapoética y el sentimiento amoroso se funden hondamente en un genial equilibrio.

         En conclusión, “El poema de amor” es un texto que reflexiona y se opone a la escritura como producto del deseo no realizado, al tiempo que el yo lírico eleva su canto de amor hacia la amada. O sea, estamos ante un texto polisémico que trabaja en distintos niveles: es un poema que reacciona contra la poesía amorosa tradicional, un poema de amor propiamente dicho y un poema de amor hacia la escritura. Fonseca Grigsby lleva a cabo una lectura fuerte, para utilizar un término de Harold Bloom, de la tradición de la poesía amorosa, subvierte su poética y nos lleva a lugares aún inéditos con la inventiva de su lenguaje y la belleza de sus metáforas. En pocas palabras, estamos ante un texto audaz por su temática y bellísimo por su lenguaje.

 

El poema de amor

Quise no escribirlo, luché contra él,
desprecié los poemas de amor que se han escrito antes que tú,
pero entonces—

Este poema debería estar escrito por un hombre
que nunca aprendió a amar,

que nunca aprendió a escribir,

por un hombre que nunca te conoció.

I                                             

Por alguien que no escuche el monótono trueno de la palabra
que nunca te dije.

Por el que no conoció el mar a través de la última playa de tu ser
ni se tapa los oídos al escuchar
el susurroso rugido silente de la silenciosa hélice del silencio
que llega a Mí como el viento a los páramos desconocidos
o como el fuego a las soledades en llamas.

¡Pero adónde está tu sombra cuando la necesito para esconderme en ella!

Que estás en otro país, dormida,
y de repente todas las cosas se han ido a dormir contigo
– sólo la luna tiene algo de sonámbula en este mundo –
mientras yo lucho contra el poema de amor
y lo escupo y lo desprecio
y pierdo.

II

Tu ausencia es la cárcel donde rayo las paredes con tu nombre
y donde es petrificado el olvido por la punta de tus dedos
o por tu liviana mano que puede transformar cualquier pedazo de oscuridad
en un pedazo de noche.

Entre lo dicho y lo callado
ha quedado una nieve tibia
y talvez un pájaro que está mudo
y talvez un barco del fondo del mar.

(Aquí hace una pausa el poeta, se voltea hacia vos
y te dice con vergüenza: “En los primeros versos
quise hablar sobre tu cuerpo, pero me busqué
en los ojos la mirada y no la encontré”)

Que pudiera saltar de mis ojos
y recorrer la distancia entre tu respiración
y mi corazón. Llegar a tu pecho y cruzar
el puente de tu cuello. Contar tus lunares
uno por uno, hasta ver esa
inquieta pupila azul llena de futuro
y la arrebolada de tu mirada

y

que tu piel sea nuevamente el lugar donde la metáfora reveló sus secretos,
mientras yo descubro la libertad de tu sombra.

¿Qué hacer con el amor cuando el amor en el amor no se basta?

(Así está la poesía desde tu vientre gritándome:
¡Escríbeme! ¡Mira la forma que he cogido!)

Ir adentro de la tristeza contigo, tomados de la mano,
y desde allí inventarnos una infancia.

Por tiranía del azar
se ha poblado de algo de vida
mi corazón deshabitado:

de la misma forma
los hombres descubrieron
esa eternidad en andrajos
que es el olvido.

Pero ahora estoy aquí,
con el corazón en forma de ola,
esperando que el viento se robe mis viejos gestos,
las personas que fui antes que vos, todas mis flaquezas
que no llegaste a bautizar y los ojos que tuve
antes de aprender el lenguaje del silencio.

…Esperando que el viento se robe todo esto
y los bote en el basurero de la nada,
todas las demás cosas han empezado a temblar
y sólo tu nombre ha quedado quieto.

III

En la penumbra sin espacio
donde tu cuerpo es lo único que se alumbra;
en el camino donde caminan mis pasos,
separados de mis pies, buscando tus huellas;
en los versos que yo te he escrito pero que no leerás,
que serán nada más los epitafios de nuestros momentos;
allí te he buscado yo,
como la sombra que busca a su propia sombra.

y te he llamado

en la hora en que he perdido tu caricia,
cuando el tiempo se abre como un gran agujero
donde dejo caer mis recuerdos, uno por uno,
y los veo caer
caer
caer
caer…

Hasta que se pierden de mi vista.

Hasta que mi soledad se desnuda.

¿Cuánto me vale la luz de un sueño herido
que gime dentro de mi cráneo?

(En él estás acariciando mi soledad
con ternura de madre.)

Sobre esta tierra húmeda, quedará la huella del relámpago
– no tu pie – aunque coincida, curiosamente, su forma.

IV

Cartas vi escritas con sangre, pero nunca con tinta de noche—
de las ruinas que quedaron de la noche, después que pasaras por allí—
Hoy escribo con esa tinta.

(También mis lágrimas están hechas de esa noche)

Tendí un puente debajo del mundo,
entre mi soledad y tu soledad.
Me bañé en el llanto del tiempo
y de no haber tenido palabra de ti,
en él me hubiera ahogado.
En tus ojos imaginé una patria lejana
una tumba para mis más profundos secretos,
y la magia de los babilonios.

No sólo los crepúsculos son insoportables.

Lo saben
los extinguidos luceros de mi cuerpo,
mis amargas manos que sueñan
cómo será la próxima vez en que nos tocaremos,
lo sabe lo poco que habitaba en mi desalentado aliento inhabitable.

Imagina tu ausencia
como una noche negra, tan negra y sombría
(como la de Acuña)
que no se ve dónde se alza el porvenir.
Imagina que lo único que hay en esa noche
soy yo y este poema, que se escribe a la terrible intemperie,
mientras monstruos salen de mi cráneo abierto,
hacia la luna.

Este rubio desasosiego…
Este poema que quiere enfermar al tiempo de eternidad
y que tus ojos sean mis únicos relojes.

Tan sólo si pudiéramos ser algo más.

Tan sólo

Si pudiéramos, por ejemplo,
escondernos debajo del tiempo
y jugar a ser estatuas que fueron colocadas frontalmente
en un lugar del que nadie se acuerda.

 

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