La alegría de leer
![]() |
| Lee aunque te estés ahogando, de Keld Moseholm |
Por Víctor Ruiz M.
Muchas veces me pregunté por qué Borges relacionaba el acto de leer con la felicidad. La pregunta, obviamente, era retórica. Existe un placer sumamente difícil, si no imposible, de explicar: leer es una de las formas de la alegría. Y uso aquí alegría, no felicidad, porque la expresión «ser feliz» promete perpetuidad o, al menos, eso es lo que nos han vendido las industrias administradoras de la etiqueta feliz.
Para ser felices, según ellas, debemos levantarnos temprano, hacer ejercicios, beber suficiente agua, viajar, cumplir nuestras metas, mantener relaciones sanas, alcanzar la estabilidad financiera y sonreír con naturalidad en las fotografías. Solo en la enumeración de esta lista tan larga termino agotado y desanimado de buscar la felicidad.
La alegría, en cambio, exige menos. Es intermitente como el titilar de las estrellas. Puede durar una tarde, el tiempo que dura la lluvia en el viejo cuento de Hemingway o los veinte minutos que tardamos en leer “Bienvenido, Bob” del ceñudo Onetti. A veces cabe en una novela bonsai. Otras veces ocupa quinientas páginas y nos hace descuidar durante varios días las obligaciones menos urgentes. Para nada resuelve la vida, pero por un momento la vuelve más llevadera.
En una entrevista Borges afirmó que «la lectura debe ser una de las formas de la felicidad». También aconsejaba abandonar los libros que nos aburrían, porque acaso no habían sido escritos para nosotros. Viniendo de alguien que hizo de su vida y de su obra una celebración del libro y la lectura, la frase conserva todavía algo de irreverente. Nos han enseñado que los clásicos deben leerse con disciplina, respeto y cierta expresión de recogimiento, como el acto mismo de su lectura fuera una especie de misa y el tedio una prueba de fuego para alcanzar la sabiduría literaria. Borges, que sabía bastante más de libros que la mayoría de nosotros, le concedía al lector el derecho de marcharse Y no se crea que abandonar un libro es un acto de rendición. Al contrario: puede ser una forma de desacato, ingrediente necesario en todo lector que aspire a conservar su libertad.
Una vez le recomendé a un amigo que leyera El Quijote. No lo hice porque creyera que debía leerlo ni porque quisiera hablarle como docente. Se lo recomendé porque, cuando yo lo leí, experimenté una alegría tan grande que quise compartirla. Pero no supe explicarlo. Mi amigo escuchó en mis palabras la voz del profesor y entendió que le estaba asignando una lectura importante para su formación como escritor.
Yo no pretendía entregarle una tarea ni someterlo a uno de esos ritos que supuestamente convierten a alguien en una persona culta. Solo quería invitarlo a entrar en un libro que me había hecho feliz. Quería que conociera a aquel hombre que enloquece de tanto leer y sale al mundo dispuesto a corregirlo; que se encontrara con Sancho, con los caminos, los golpes y esas conversaciones en las que la inteligencia y la ternura aparecen donde menos se esperan. En lugar de comunicarle todo eso, terminé diciéndole, en esencia, que El Quijote era imprescindible. No era exactamente lo mismo.
Quizá recomendar un libro sea siempre una empresa un poco quijotesca y, por lo tanto, ingenua. Uno quiere transmitir el asombro, pero apenas consigue pronunciar el título. Dice: «Lee este libro», cuando en realidad intenta decir: «Su lectura podría darte uno de los momentos más felices de tu existencia». El problema es que la primera frase parece una orden y la segunda, cuando la pienso y la pronuncio, suena un poco ridícula, casi impostada. Entonces recurrimos a palabras como importante, necesario o fundamental, y convertimos en obligación aquello que habíamos recibido como regalo.
Muchas veces me encuentro en una situación parecida cuando recomiendo a mis estudiantes la lectura de algún libro y, al discutirlo en clase, alguno me dice que lo aburrió. Conozco bien la desventaja del libro frente a la inmediatez del celular y las redes sociales, pero eso no evita que me quede desarmado. Soy un defensor acérrimo de la lectura como ejercicio de libertad, no como imposición, y no puedo reprocharles que utilicen esa libertad precisamente para abandonar el libro que yo esperaba que amaran.
Quizá se deba a mi incapacidad para comunicar la alegría de leer. Lo único que me queda es seguir intentando que mis estudiantes encuentren en los libros alguna forma de felicidad. Aunque, si he de ser vulgarmente sincero, algunas veces prefiero quedarme yo con la experiencia y dejarlos rebotar de un like a otro. Cada quien encuentra la alegría donde puede.
«No se puede obligar a nadie a ser feliz», nos recuerda Borges. Tampoco puede imponerse ninguna alegría lectora. El libro que nos hizo carcajearnos, nos conmovió o nos acompañó durante una época difícil puede dejar indiferente a otra persona. Recomendamos una novela que consideramos extraordinaria y, días después, el estudiante o el amigo nos confiesa, casi con vergüenza, que no logró pasar de la página cuarenta. Cuando me ha ocurrido, respondo con la serenidad que se espera de un profesor: «Puede que ahora no te diga nada o que sencillamente te interesen otros temas». Lo digo convencido de que cada lector tiene derecho a elegir sus entusiasmos, aunque una parte menos generosa de mí todavía se resista a aceptar que aquel libro no le haya dicho nada.
El encuentro entre un lector y el libro que le cambiará la vida suele ser fortuito. Abrimos un libro sin sospechar si nos espera la sorpresa o el aburrimiento. Puede aparecer una historia que nos acompañará durante años, una idea capaz de alterar nuestras convicciones o una frase que termine por convertirse en un mantra. También puede no ocurrir nada. O, simple y llanamente, aparecer el tedio. Cerramos el libro y seguimos buscando. No todos los encuentros terminan en amistad ni todos los libros fueron escritos para darle vuelta a nuestras vidas.
Hay, sin embargo, algo ingenuo y conmovedor en la confianza que depositamos en ellos. Una persona escribe sin saber quién leerá sus palabras. Otra, muchos años después, abre el libro en una ciudad que el autor nunca conoció y siente que una frase le habla precisamente a ella. Entre ambas puede haber océanos, guerras y generaciones, pero durante unos minutos sus mentes se encuentran. Descubrimos entonces que un personaje o un poema expresan la tristeza que creíamos exclusivamente nuestra o, mejor, que las palabras del personaje o los versos del poema le ponen nombre a eso que sentíamos, pero no lográbamos expresar.
En Días de lectura Proust recordaba el desconsuelo que sentía al terminar un libro y separarse de personajes, “aquellos seres a los que habíamos prestado más atención y ternura que a las personas de carne y hueso, no atreviéndonos nunca a confesar hasta qué punto los amábamos”. Quien haya cerrado una novela amada conoce ese sentimiento. El libro termina, pero uno todavía no ha regresado del todo. Mira la portada, relee alguna línea y demora la despedida, como quien acaba de despertar y procura conservar lo último que recuerda del sueño.
Si Proust reivindicaba la lectura como un espacio conquistado por la imaginación, Virginia Woolf defendió la libertad del lector. Según ella, el lector común toma un libro impulsado, ante todo, por el deseo de recibir placer: «Lee por placer más que para impartir conocimiento o corregir las opiniones ajenas». No necesita justificar la lectura mediante una tesis, un examen ni una utilidad inmediata. Lee porque algo lo llama desde esas páginas: una historia, una voz distinta de la suya o la posibilidad de permanecer un rato fuera del mundanal ruido. En una época en la que las ideologías nos exigen compromiso y la productividad, resultados, leer por placer parece un acto de irresponsabilidad, pero también un ejercicio de plena libertad.
Los libros, ya lo sabemos, no resuelven la vida. Sería demasiado pedirles que pagaran las facturas, aliviaran las enfermedades o devolvieran a quienes hemos perdido. Tampoco nos convierten automáticamente en mejores personas. La historia está llena de lectores cultos que fueron excelentes verdugos y de miserables capaces de citar a los griegos antes de cometer una injusticia. Bastante insoportables son ya quienes publican sus listas de los mejores libros del año, como si con ellas nos arrojaran al rostro nuestra pereza y nuestra insuficiencia. Olvidan que leemos contra el tiempo, robándole algunos minutos al trabajo o prolongando la noche con la certeza culpable de que al día siguiente nos levantaremos ojerosos.
Lo que ofrecen los libros es algo más humilde: un poema en el que Ulises, cansado de la vida rutinaria en Ítaca, decide volver a la aventura; la posibilidad de caminar por una ciudad inventada por un personaje de Juan Carlos Onetti o por un territorio creado por William Faulkner; conversar con algunos muertos o mirar objetos, sucesos y situaciones como si nunca los hubiéramos visto. Luego cerramos el libro y todo continúa en su sitio: las deudas, el lunes, los jefes mal encarados y el insoportable transporte público, donde, si tenemos suerte, abriremos un libro para soportar el viaje. Pero algo ha sucedido dentro de nosotros, algo que no sabemos relatar y que, sin embargo, nos deja la necesidad de compartir ese momento de dicha vivido entre las páginas
Por eso prefiero hablar de alegría. La felicidad me parece una palabra demasiado grande, como si tuviera que abarcar una vida vida entera; la alegría, en cambio, aparece por momentos, incluso en medio de una vida incompleta, que es la única que tenemos. Bastan unos quince minutos robados a la prisa del día para experimentar la dicha de la que hablaba Proust, leer un poema y sentir cómo sus versos recorren nuestra interioridad. Tal vez Borges tenía razón y yo solo cambié la palabra porque felicidad me queda grande. Leer puede hacernos felices, aunque sea por un rato. Y cuando recomiendo un libro, en el fondo, solo intento decir algo que casi nunca sé explicar bien: a mí este libro me hizo feliz.

Comentarios
Publicar un comentario