Memorias de un buscador de libros I

 



Por Víctor Ruiz M.

 

Bolsas llenas de libros 

 

        No recuerdo cuándo empezó mi relación íntima con los libros. Aunque sí guardo algunos retazos, y creo que ahí se encuentran mis primeros escarceos románticos con esos objetos que, con los años, terminaron volviéndose entes incómodos en las casas que habito o he habitado. Libros en mesas, en cajas, en bolsas, debajo de la cama, sobre sillas que ya no sirven para sentarse, en rincones donde nadie los llamó y, sin embargo, se quedaron.

        Uno de esos primeros encuentros ocurrió en la biblioteca popular de mi barrio, donde mi hermana mayor trabajaba como voluntaria. Era una biblioteca humilde, pero tenía algo de refugio, quizá porque allí adentro quedaba suspendido el bullicio ensordecedor de los vecinos. Bastaban unos estantes, algunas mesas, el silencio, el olor del papel usado y esa promesa misteriosa de que en algún lomo podía estar escondido algo que uno todavía no sabía que necesitaba. Allí abrí por primera vez, con avidez, un libro de poemas del que ya no conservo memoria. No recuerdo el título, ni el autor, ni un solo verso. Pero sí recuerdo la sensación de haber entrado en una habitación desconocida.

        Para entonces yo ya había leído algunos libros que me fueron acercando al hábito lector: El principito, Marianela, de Pérez Galdós, algunos cuentos de Dickens. Eran lecturas importantes, claro, pero el libro que prácticamente partió en dos mi mundo fue Cien años de soledad. Lo recuerdo hermoso, con esa pasta amarilla de la Editorial Sudamericana, como si el color formara parte de su misterio. A pesar de que mi hermana era la encargada de los préstamos, solo me permitieron tenerlo cuatro días. Para un lector incipiente como yo, aquello era una crueldad: ¿cómo leer más de trescientas páginas en tan poco tiempo? Lo leí como pude. De la historia me quedó poco, tal vez por la cantidad de personajes, nombres repetidos y generaciones que se cruzaban, aparecían y desaparecían en una narración que trastocaba por completo mi idea de lo que podía ser una novela. Pero sí me quedó el golpe del lenguaje de García Márquez: esa manera de hacer que una frase respirara, que tuviera música, temperatura y una capacidad extraña para abrir puertas en la realidad. Mucho después entendí que aquella lectura incompleta había sido determinante para mi formación poética.

        Luego vinieron mis visitas a los libros usados. O, mejor dicho, vinieron primero los lugares donde me detenía a observarlos, porque todavía era un estudiante de secundaria y mis cinco pesos diarios apenas alcanzaban para pagar la ruta. A veces ni siquiera para eso, porque la mayoría de las tardes caminaba con mis amigos, pasando por barrios peligrosos o exponiéndome a esos potenciales asesinos que son los buseros, moteros y taxeros de Managua cuando confunden el volante con un arma de guerra.

        Recuerdo que una vez me detuve más de lo necesario en el área de revistas. El vendedor creyó que yo estaba embebido con las revistas pornográficas, pero en realidad acababa de descubrir las revistas literarias. Ese día me atrapó un ejemplar de Casa de las Américas, en formato tabloide, con poemas que jamás pensé que pudieran escribirse. No sé si fue la disposición de los versos, los nombres desconocidos o esa sensación de estar viendo una literatura más grande que la que yo podía imaginar desde mi barrio. El hechizo terminó con el regaño del vendedor. Por vergüenza tuve que cambiar de acera durante un tiempo. Años después, aquel puesto que quedaba sobre el camino a casa desapareció, y con él también se fue mi primer lugar de vitrineo.

        Vengo de una familia de obreros, así que mi destino natural parecía ser soldador, albañil o cualquier otro oficio que se aprende desde la primera adolescencia, cuando todavía uno no sabe bien qué quiere ser, pero los adultos ya han empezado a decidirlo. Como era lo normal, mis padres me sacaron de la escuela diurna para que estudiara en la nocturna. Aquello jugó un papel importante, para bien y para mal. Para bien, porque empecé a ganar mi propio dinero, y el dinero, por poco que fuera, significaba una cosa precisa: comprar libros. Para mal, porque mi formación educativa dio un vuelco. Ese cambio me llevó a tomar decisiones equivocadas, entre ellas estudiar una carrera que no me gustaba y en la que perdí tres años de mi vida entre números, cálculos y una forma de tristeza que todavía no sabía nombrar.

        Ese inicio laboral también me permitió ir más allá de las fronteras de mi barrio. Empecé a tomar rutas que no conocía, a perderle el miedo a la distancia y a convertirme, poco a poco, en el viajero empedernido que he sido desde entonces. Cualquier pasajero de las rutas urbanas de Managua sabe que esos viajes tienen más de tragedia que de odisea. Uno no encuentra cíclopes ni lestrigones, sino carteristas, gente que se incomoda ante cualquier roce, viejos morbosos y, para rematar, el regaño del conductor que cree manejar un camión de animales y no un autobús lleno de seres humanos.

        Fue a través de las ventanillas de esos buses que conocí los puestos de libros usados del Roberto Huembes. En aquel tiempo no eran solo lugares para buscar libros de texto; eran territorios de hallazgos improbables, sitios donde uno podía encontrar las obras completas de Borges por un precio irrisorio o El cuarteto de Alejandría de Durrell, en estuche y pasta dura. Pero durante mucho tiempo mi cercanía terminaba en el vidrio del bus. Yo pasaba frente a los puestos como quien mira una fiesta a la que todavía no ha sido invitado.

        No fue sino hasta que cumplí quince años que mi padre me preguntó qué quería de cumpleaños. Le dije, sin chistar: dinero y permiso para irme temprano del trabajo. Ese día fue uno de los más felices de mi vida. Recuerdo haber llegado al Roberto Huembes con trescientos pesos, que para mí eran una fortuna, y empecé a apilar libros sin preocuparme demasiado por el precio, la calidad o el género. Libros eran libros, y eso era lo que yo deseaba. Ahí iban poemarios cubanos, poesía rusa, poesía revolucionaria nicaragüense y las famosas revistas de Casa de las Américas. Ese día me hice de cinco o diez ejemplares, no recuerdo bien. Tampoco importaba demasiado el autor. Yo no estaba comprando una biblioteca razonada; estaba inaugurando una de mis grandes pasiones: la del comprador compulsivo de libros.

        Ahí nació también una imagen que se volvería usual para mi familia: yo entrando a la casa con enormes bolsas cargadas de libros, y mi madre -o, años después, mi pareja- diciendo con una mezcla de alarma y resignación: "¡Más libros!". Tal vez por eso, con el tiempo, empecé a sentir cierta vergüenza cada vez que aparecía cargado, como quien llega con regalos para todos, pero termina guardándoselos para sí mismo. Con aquella primera compra nació también una necesidad práctica: dónde poner los libros. Todavía no pensaba en estantes ni en libreros. Mis primeros libreros fueron mesas y cajones que fabriqué yo mismo con mis recientes conocimientos de soldadura, un oficio que he olvidado casi por completo, pero al que todavía le guardo cariño.

        Ahora pienso que esa escena resume bastante bien mi educación como lector. Venía de una familia donde las manos estaban destinadas al trabajo: cargar, cortar, soldar, levantar paredes, reparar cosas. Yo también aprendí algo de eso, aunque luego me desviara hacia los libros, que tampoco son tan etéreos como uno quisiera creer. Tienen peso, volumen, polvo, precio, traslado, incomodidad. Había que conseguirlos, cargarlos, esconderlos un poco, encontrarles sitio. Antes de tener una biblioteca, tuve bolsas. Antes de tener estantes, tuve cajones. Y antes de saber qué clase de lector quería ser, ya había entendido que buscar libros era una forma de desobedecer, aunque fuera en silencio, el destino que parecía escrito para mí.

 

 

Comentarios

  1. A nosotros, tus colegas, nos consta la pasión con la que lees y esa pasión se nota en tu reseña.

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