30 abr. 2009

Coños, de Juan Manuel Prada.


Una paranoia perversa me invade al leer cada página de este maldito y hermoso libro. El erotismo, la pornografía, la trasgresión y lo perverso recorren cada línea de esta arqueología del coño. El coño de las niñas, El coño de las putas, El coño de las viudas, El coño de alquiler, El coño de las sonámbulas. Es por eso que quien no sepa de coñometría, ni sea un coñofílico declarado, se abstenga de abismarse en este delirante opúsculo del coño. Sirvan estos fragmentos como invitación a la erección, eyacula indefenso ante una huérfana e hirsuta hendidura, envérgate a sus pálidos muslos y sueña con orificios blandos.


La vecina de enfrente


Durante la adolescencia, Silvia y yo fuimos novios en la distancia, cada uno a un extremo de la ciudad, criaturas suburbiales que vivían entre la nostalgia y el amor nunca consumado. Fue entonces cuando recurrimos a un sistema de comunicación que ya Noé empleó cuando el Diluvio: las palomas mensajeras. En las patas de aquellas palomas sabias atábamos nuestros mensajes arrebatados, borrosos de tinta y de lágrimas, llenos de metáforas becquerianas y orgasmos sentimentales. Después, cuando nos hicimos mayores, nos fuimos a vivir al centro de la ciudad, y, sin saberlo -sin acuerdo previo, por capricho del azar, imposición del destino o lo que fuera-, coincidimos en el mismo edificio, vecinos uno enfrente del otro. Con gran consternación, renunciamos al intercambio de los mensajes volátiles y decidimos -puesto que las palomas languidecían por falta de trabajo y ya ni siquiera zureaban- organizar un banquete fúnebre en el que asamos a las atribuladas mensajeras y nos las comimos con huesos y plumas y pico. Pero la vida seguía, y pronto hallamos otro sistema de mensajería: había un tendedero en el patio de luces que unía la pared de su casa con la pared de la mía a través de un intrincado ingenio de cuerdas y poleas, y allí, cada mañana, Silvia me dejaba, sujetas por pinzas, sus braguitas del día. Yo, entonces, tiraba de la cuerda y me acercaba aquel mensaje fragante, aquel retazo de tela mínima que me hablaba de ella y de sus inquietudes amorosas con una elocuencia anterior a las palabras. Aquellas braguitas blancas, negras, malvas o asalmonadas, eran el lacre en el que Silvia estampaba su coño huérfano, la esponja que recogía el fruto de tantos besos y caricias que se prodigaba ella a sí misma en la soledad célibe de su piso. A veces, sus braguitas revelaban un coño timorato, más flaco que el espíritu de la golosina, enjuto y seco como el papel secante, y otras traían el testimonio de un coño opulento, dulzón como una fruta tropical, chorreante de almíbar y ambrosía, derretido como una gran gota de miel. Había veces que las braguitas me hablaban de un coño náutico que se iba al mar a bordo de una chalupa y volvía impregnado con un aroma de sal y madréporas, y otras veces me transmitían el grito doloroso de un coño abierto en canal y sangrante. Todos aquellos mensajes me enternecían y despertaban oscuros anhelos, oscuras tentaciones, oscuras inminencias de placer. Silvia aguardaba al pie del tendedero una respuesta con esa expectación de las novias decimonónicas que esperan la llegada de su novio acodadas en el balcón. Pero esa respuesta no llegaba nunca, porque mis calzoncillos no servían para transmitir los infinitos matices del sentimiento (yo no tenía un coño que estampase lágrimas, risas, sangre o veneración), y, además, atentaban contra las reglas más elementales de la higiene. Pero, ¿acaso puede exigirse a un hombre soltero, carente de lavadora y hasta de detergente, que mantenga sus calzoncillos limpios? Silvia, entretanto, languidecía al otro lado del patio de luces.
Ya ni siquiera zureaba. Cualquier día de éstos, tendré que organizar otro banquete fúnebre. Y esta vez, además de fúnebre, será caníbal.

El coño de las lesbianas

Hay una convención de lesbianas que nos espanta a los clientes del hotel. Las lesbianas, que llegan en manada, alborotando el vestíbulo de pancartas y consignas feministas, practican un corporativismo feroz, más feroz aún que el de los médicos, jueces o abogados. Las lesbianas son mozas muy garridas que me recuerdan, más que a las zagalas de Sanazzaro o Jorge de Montemayor, a las serranas del Marqués de Santillana, que cargaban a hombros con los viajeros que se aventuraban por sus dominios y luego se los trajinaban en cualquier andurrial o despeñadero.
Uno, que ha leído mucho a Proust, pese a trabajar como recepcionista en este hotelucho, espera que algún año, entre la tropa belicosa de lesbianas, haya una similar a la Albertine de Au recherche, o a cualquiera de esas gomorrianas sublimes que Proust conoció en el balneario de Balbec, pero la naturaleza contradice al arte. Frente a las lesbianas de los libros, muchachas en flor que miran por el rabillo del ojo y perpetran malicias, las lesbianas de las convenciones aparecen como facción de mujeres selváticas y algo rancias, más representativas de la vulgaridad que de otra cosa.
Las lesbianas se encierran en sus habitaciones, después de inscribirse en la recepción, para reposar el viaje, y se mezclan entre sí. Forman un harén de sirenas mollares, inflamadas por la incomprensión de la sociedad. Una vez instaladas, empiezan a oírse detrás de las puertas suspiros y ronroneos y ensalivamientos. Las lesbianas se hacen la tortilla con una delicadeza inédita en las parejas heterosexual es, aplicándose al placer de la otra más que al propio, en un altruismo del amor.
Entre las parejas de lesbianas, hay quien oficia de hombre y quien oficia de mujer (a pesar del corporativismo y las convenciones en hoteluchos, aún no han logrado desprenderse de los usos sociales), pero esta división de papeles no resta grandeza a su amor de seres estériles entre sí. Las lesbianas juntan sus coños sin miedo al apareamiento, intercambian sus jugos y se dan besos de saliva espesa, casi masculina. El coño de las lesbianas, mejor conservado que el de las heterosexuales (del mismo modo que la mujer sin hijos conserva más terso su vientre que la paridora), participa de la tortilla con unos orgasmos copiosos, pantanosos, casi fluviales, que empapan las sábanas y obligan al servicio de lavandería del hotel a hacer horas extras. Por la mañana, a falta de otras pancartas, las lesbianas se levantan y sacan a los balcones del hotel las sábanas mojadas de masturbaciones y cunnilinguos, como estandartes impúdicos de sus actividades nocturnas. Las sábanas restallan al viento, con la doble impronta de los coños, y el director le pega voces al servicio de limpieza del hotel, para que retire inmediatamente de los balcones esas guarrerías, que mancillarán el prestigio de su negocio. Las manchas de flujos, sobre la sábana, tejen una caligrafía caprichosa, como las manchas de tinta, y podrían ser empleadas por un psiquiatra para estudiar las reacciones de sus pacientes.
A mí, en concreto, esas manchas me sugieren un río habitado por náyades. ¿Serán las lesbianas náyades a las que una hechicera convirtió en viragos, tocándolas con una varita mágica?


El coño del travesti

En una discoteca de clientela pachanguera y bastante vacuna, trabaja Felipe, mi amigo el travesti.
Actúa a eso de la medianoche, disfrazado de folclórica, con vestido de faralaes y castañuelas, si es que lo dejan actuar, porque, a veces, entre la clientela, hay algún vándalo que arroja nabos al escenario, y Felipe tiene que retirarse, escarnecido en su feminidad. Felipe, alias La Coquito, canta rumbas y seguidillas con su voz de canario ronco, y entre canción y canción desliza algún chiste chocarrero para alimento espiritual de los más acémilas, que nunca faltan en sus actuaciones. A Felipe, alias La Coquito, lo conozco desde niño, cuando coincidimos en la misma escuela (y en la misma aula, y aun en el mismo pupitre), durante el bachillerato elemental. Felipe, por entonces, ya padecía cierta debilidad socrática, ciertos achaques de un helenismo muy poco masculino. Cuando el profesor explicaba teoremas, o cuando nos castigaban sin recreo, Felipe me metía mano por debajo del pupitre, y me masturbaba con una violencia de doncel frustrado. Felipe, que ya amenazaba a los catorce años con cambiarse de sexo en cuanto reuniese unos ahorros, era un muchacho empachado de lecturas perniciosas y cuplés, que meneaba el culo al andar y se depilaba el bozo. Luego, le perdí la pista durante años, hasta que volví a encontrármelo, hace unos meses, en esa discoteca intransitable, a la que acudí para celebrar mi despedida de soltero. Cuando se anunció la actuación de La Coquito, el público, embrutecido de alcohol y otras enfermedades gregarias, empezó a patalear y a formular sandeces (y reconozco que yo también me incorporé a la barbarie). Felipe, alias La Coquito, salió al escenario con los primeros acordes de El relicario, que tantas veces le oí cantar durante nuestra etapa escolar. Felipe, alias La Coquito, se repartía el pelo en crenchas, se lo recogía en un moño y se lo pinchaba con una peineta; bajo la costra de maquillaje, le azuleaba la barba, como un homenaje tardío a su virilidad. Felipe se remangaba la falda con faralaes y mostraba los muslos casi hasta la altura de las ingles; eran unos muslos juguetones, de un temblor amortiguado por las medias, irrecuperables para la causa masculina. Ensayó un zapateado y un repiqueteo de castañuelas, pero el público, maltratado en los tímpanos, lo increpó y le lanzó escupitajos como eyaculaciones de un semen enfermo. Felipe, alias La Coquito, se escabullía detrás del telón, una vez agotado su repertorio, y ya no volvía a aparecer en toda la noche.
Dejé a mis amigotes bailando en la pista de la discoteca una canción de moda, una música percusiva y retumbante, como de matadero o salón sadomasoquista, y pregunté al encargado del negocio por Felipe. Me apuntó a una puerta con el rótulo de PRIVADO. En aquel cuartucho miserable, entre botellas de licores y cascos vacíos, estaba Felipe, alias La Coquito, limpiándose el maquillaje.
Era mucho más guapo que mi novia, todo hay que decido.
-Ya te vi entre el público. Vaya amigotes que tienes más borregos.
Me pidió que le aflojara el corpiño, y pude ver sus tetas reventonas de silicona, con pelitos en el pezón, igual que las de mi novia, todo hay que decido. Le di un beso a Felipe en el hombro, sobre la cicatriz de la vacuna contra la varicela o el sarampión. Felipe tenía espaldas de nadadora olímpica, vientre demasiado liso, y unas caderas escurridas, como de muchacha impúber. Le bajé las braguitas, en pleno delirio erótico (atrás quedaba mi novia), y le palpé el coño de carne probablemente extirpada del culo y trasplantada allí. Entre los labios asomaba un dítoris descomunal, fálico, abundoso en centímetros. Daba un poco de asco ver aquel apéndice entre los labios mayores y menores. Pregunté:
-Pero, ¿no te has extirpado el miembro? ¿No decías de pequeño que ibas a ahorrar para operarte?
Felipe, alias La Coquito, bajó la mirada al suelo erizado de cucarachas y vidrios rotos. Me dijo, con una voz de canario ronco:
-Me he operado siete veces, pero es inútil. Siempre me vuelve a crecer, como la mala hierba.
Farfullé frases de conmiseración y me largué.

El coño de las niñas

Sabemos que es contrario a las normas de urbanidad y a las buenas costumbres, y, sin embargo, ¡qué tentación la de mirar a una niña que mea al lado de una tapia! Hay una canción que no perece en ese chorro amarillo que le brota de dentro, como un hilo de bramante, como un estambre de oro en perpetuo diálogo con la tierra. El coño de las niñas es un coño pituso, pizpireto, demasiado rosa como para albergar pecado, un coño liso que, por un momento, nos devuelve al paraíso de la infancia. El coño glabro de las niñas que mean en las tapias, en una celebración casi siempre solidaria (qué frecuente es ver mear a las niñas en pandilla), es un monumento jubiloso erigido en honor de su inocencia y su malicia, porque esas niñas que nos muestran su huchita y nos arrojan al pie de la tapia la calderilla de su pis son inocentes y maliciosas a partes iguales, inocentes por enseñarnos su coño y maliciosas porque saben que lo enseñan con impunidad, sin atisbo de peligro, pues las cortapisas del civismo y la religión nos impiden acercamos más a su hendidura rosa, ni siquiera para limpiada con esas briznas de hierba que crecen junto a la tapia. El coño de las niñas, descarado y meoncete, nos inunda en la distancia de los años con el sabor primitivo de su pis, con el calor grato de esas últimas gotas que aún gotean cuando se suben las bragas y se alejan en ruidoso conciliábulo, susurrando entre sí:
-¿Os habéis fijado en ese señor, cómo nos espiaba el conejito?
Y yo las veo marcharse súbitamente entristecido, con presagios de próstata y cálculos renales.
Sobre la tapia hay un rosario de salpicaduras que forman dibujos caprichosos, un mapa de lunares que no acierto a descifrar. La tapia huele a pis rancio, porque las niñas son seres de costumbres atávicas y mean siempre en el mismo sitio. A lo mejor, esta noche, en casa, su mamá las reñirá por hacer pipí en la calle y no limpiarse después la hendidura sin pelos, olorosa de malicia, perfumada de inocencia, como una gran llaga que nos hubiese gustado besar.

La flor roja

Fue momento inaugural, el de la primera menstruación. ¡Qué entrecruzamiento de dolor e incertidumbre, de anhelos y decepciones! Siente de repente la niña, a mitad de la clase de matemáticas, un corrimiento en sus entrañas, un revolcón en sus vísceras que no sabe localizar y que la profesora diagnostica como ataque de apendicitis. El mundo circundante pierde concreción, y la niña se desangra entre vahídos, sofocada de soles que no existen, porque nos hallamos en pleno mes de diciembre. ¡Qué momento para la eternidad, el de la niña traspasada por el sable de su primera menstruación, desvanecida en brazos de esa maestra que no ve más allá de la cuadratura del círculo y el tres catorce dieciséis! ¡Qué flor de improvisada densidad el flujo que le sale de dentro y le va mojando las bragas y más tarde el pantalón vaquero! ¡Qué charco paulatino el de la primera menstruación sobre la silla del pupitre! ¡Qué planeta de sangre! Hay que esperar a que una compañera de clase (generalmente repetidora) caiga en el enigma de la hemorragia y aporte una minievax firme y segura, un tampón, una esponja, un papel secante, lo que sea, para restañar esa herida que volverá a abrirse cuando la luna complete otro ciclo. ¡Qué coño tan digno el de la niña que padece su primera menstruación! ¡Qué ovarios los suyos, íntimos y recogidos en su vientre todavía intacto, qué llanto el de la sangre luctuosa que llora por ese primer óvulo que murió sin haber sido fecundado!
¡Qué momento, Dios!

Arqueología del coño

Mi hermano Félix, arqueólogo de profesión, hace expediciones a las islas griegas, y desentierra estatuas de diosas ininteligibles y por lo común mutiladas. El trabajo de arqueólogo, bajo el sol rubio y casi dórico del Egeo, ha ido recalentando a mi hermano Félix, hasta infundirle unas ideas muy poco católicas, de una extravagancia atroz. Afirma que la única mujer verdaderamente deseable es la estatua, porque su quietud o inmovilismo nos evita a los hombres el componente histérico o meramente psicológico que padecen las otras (me refiero a las mujeres de carne y hueso y alma). Este elogio del amor estatuario, que como lucubración podría dar juego y hasta argumento para un tratado de esnobismo, llevado a la práctica puede ocasionar calenturas y disfunciones. De su última expedición arqueológica, Félix se trajo una colección de diosas incompletas, fragmentos de mármol que distribuyó por su jardín, entre macizos de tréboles y arbustos de boj, como meteoros que caen del cielo, agravados por esa concupiscencia pagana que tienen las estatuas. Por las tardes, cuando el crepúsculo incendia los árboles, otorgándoles cierta grandeza de bosque, mi hermano Félix se pasea por el jardín (es un peripatético, sin saberlo) y hace como que se tropieza con esos pedazos de diosa a los que siempre falta un brazo, una pierna o una cabeza, pero nunca el coño. El coño de las estatuas griegas es de una blancura avejentada por el carbono 14, un coño sin pelambrera y, por supuesto, impenetrable. El coño de las estatuas griegas, que mi hermano Félix acaricia con esa veneración de los sacerdotes que ofician una ceremonia sublime, no admite variantes, aunque pertenezca a diosas tan dispares como Afrodita o Démeter. El coño de las estatuas griegas es un pellizco de mármol, una superficie alabeada con una leve depresión entre los labios (en ningún caso un orificio) que mi hermano Félix masturba con su dedo índice, trazando un movimiento circular, parsimonioso, que, día tras día, va erosionando la piedra.
Mientras mi hermano Félix masturba a las estatuas de su jardín, en el Olimpo sonríen las diosas, estremecidas por un cosquilleo que el aire les transmite, risueñas por infringir el sexto mandamiento de una religión bárbara. Los vencejos, en su vuelo rasante, defecan sobre los coños de las estatuas, y la mierda, al contacto con el mármol, se convierte en miel. Eso, al menos, es lo que dice mi hermano, a quien, por cierto, hemos decidido internar en un manicomio. En su jardín abandonado permanecerán los fragmentos de estatua, camuflados entre el follaje y las cagadas de los pájaros, nostálgicos de ese sol rubio y casi dórico que luce sobre el mar Egeo.

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