24 oct. 2007

Relatos de Javier González Blandino, ganador del Concurso Nacional de Literatura "Mariano Fiallos Gill", 2007

Rompemos el mutismo en que nos ha sumergido la monotonía del trabajo con dos narraciones del joven escritor Javier Gonzalez Blandino, estudiante de la carrera de Filología de la UNAN-Managua. El lector encontrará en este par de textos un lenguaje riguroso, trabajado con la paciencia del cirujano. Sóla será la presentación de este autor, espero lo gocen.

Gramma Umbrae

¿En dónde estabas...? ¿En dónde te encontré sin saberte? Venite. Tomá mi mano, sus cinco plurales intermitentes. Yo te he seguido desde hace treinta pasos atrás cuando quemamos piras con tu cuerpo desmembrado en aquel acantilado de piedras bruñidas ¿te acordás? No me mirés. Alguien aquella tarde desvanecida, aquella tarde desenterrada te susurró mi pecado, con una voz de secreto mi crimen, mientras vos le escuchabas con tus ojos entreabiertos como dos grietas sopladas en la niebla, y sonreístes. No fue mi culpa. Tu cuerpo es un puñado de despojos infames, de órganos escupidos en algún callejón olvidado. No te volteés hacia ese lado de la cama, venite, entiendo que me encuentro desamparado este amanecer, este amanecer en que sé que al conjugarte morirás.

De nada me servirá este insomnio y lo sabés. Esta sed de silencios que no me deja callar, esta persistencia absurda de anagramas agrietados que me hacen tallarte cada noche sobre este espejo volcado, invertido: tus trazos incoloros, tu espalda perpendicular a la mía, tu vientre herido de penumbra y tu cuerpo: un catafalco profanado que yo arrojé a los riscos para siempre. Dejame, ya no quiero continuar con esto, andate cuando concluya esta línea, ya no tengo más que decir. ¿No lo ves?

¿Por que te reís? Olés a incienso ritual y a muérdago. A voces que no acaban de repetirse contra la pared de este cuarto. A un murmullo atrapado en una gota de ámbar. A fotografías repetidas, a ranas escondidas y retratos…
- ¿Así que has venido
otra
vez?
- Ayer te escuché hablar mientras dormías, ayer-tu sueño que no era aquella caminata doliente sobre vos, tu resoplar telúrico, que no era tu aliento verde circundándote, transitándote para sostenerte: atándote a la peña de tu propia presencia derrumbada ; sino el susurro de tu carne difuminada por el vacío, tu cuerpo humedecido por la sangre boca arriba,– tu oquedad inalcanzable, tu ausencia…- te escuché dormir, morir por un instante en el sueño-¿Cuál sueño? el mío-
- No podés ni mentir, ayer ni siquiera estuvistes aquí, y lo peor es que yo no hablo cuando duermo-
el borde de la falda lo junta a sus rodillas y en una flexión uniforme se pone de pie, deteniéndose a un paso para calzarse mirándose despacio los dedos retraídos. En la cómoda intenta encontrar el sujetador de pelo, derrumbando con el dorso de la mano otros objetos. Su presencia en la oscuridad es un roce de vestido y piel, de siluetas y gestos inconclusos, de coyunturas desperezándose…
- Dejá de repetir lo que hago-… de coyunturas desesperándose.
- Yo ni hablé, y que te importa a vos lo que pueda decir. Perra, eras vos misma ¿No te escuchabas?-…de coyunturas despedazándose.

Siempre a lo lejos, dunas arábigas en el horizonte del llano: sombras oxidadas por la arena, cadáveres que gritan bocabajo, hacia el fondo de sí mismas, muertas como las huellas holladas que se escriben sobre ellas y se hunden- Tengo frío- inclinadas unas a otras como cayéndose al abismo para siempre, cementerios de aeronautas estallados que creyeron llegar al mar y ahora son promontorios que se levantan con los brazos hacia arriba sostenidos por el silencio. Las dunas como llevarse un puñado al rostro y los ojos carcomidos por la arenisca inquietante, la boca lamiendo las migajas incisivas- que tengo vértigos subterráneos- Parpadeando su propia presencia- Dunas que ahora borrarán esto que suscribo caligráficamente- Dunas que se abren como dos puertas a la noche de sus manos-Parpadeo y ando- La escritura, alborada y ocaso geminando- Dunas, un párpado ondeando- hasta gastarse-: parpadeando.

Cuando la madre caminaba entre los muebles, distraída, escuchó un mascullar desvencijado en alguna parte, y fue entonces que lo descubrió ovillado en el suelo junto al ropero: un bulto tremulante, tenía los oídos y la palma de las manos reventadas de tantos recuerdos insepultos-Mentira, no fue la madre, había sido el padre el que lo encontró aquella tarde entonces de costado a la memoria, como recortando fotogramas en un diario, boquiabierto, tropezado por sus propios fantasmas.
-No te entiendo, ¿por que me respondés eso?, estás desvariando, lo que yo te dije era que si habías venido otra vez-
-Además quién no lo hace, todos en algún momento nos quedamos así como absorbidos, de espaldas al resto, juntando los pedazos de la imagen como cuando te enseñan un carta para que la leas. Sabés ayer estuve viendo una película…
-Por que sos así. ¿Por qué me contestás otra cosa?
-Puta, puta, putita...- gemí así, animalmente, al borde conjunto de mis caricias obcecadas, de mis desprecios- Y te quiero.
-Oí ¿oistes? Escuché pasos afuera, voces respondiéndose al otro lado de la ventana, andá ve, andá, tengo miedo.
- No es nadie, era yo, soy yo mismo.
- Mentira, te lo ruego
Son otras voces, grutas oftálmicas acechando, nos han estado oyendo todo este tiempo; hendiduras a la inversa, planetas portátiles rotando sobre nosotros; olfateos que me acicalan, multiplicándome, reproduciéndome, duplicándome sin detenerse. Escuchalas, tratá de escucharlas, date la vuelta. Andá, salí, mentiles, Ilusionista, Contorsionista de realidades, mentiles como siempre lo hacés, escupime, estropealo todo.
- Puta, Puta, putita…- ya te extraño desde antes.

Carlos se cepillaba los dientes con los ojos cerrados, escuchando el chorro que agujereaba la superficie, casi vomitó, una mano sobre la llave esperando. Se puso el reloj y se embutió la camisa dentro del pantalón mientras caminaba todavía con los ojos confundidos. Yo creo que ya son más de las ocho. Cerró la puerta. Se tanteó el llavero en la bolsa de la camisa. Sin entrever apenas el caos, la precipitación del desastre. Don Domingo lo saludó en la barbería de la esquina- ¡oe chavalo! -y Carlos apenas cabeceó. Estuvo leyendo los encabezados del periódico en el estante trípode. Intentó a empellones y disturbios avanzar a la mitad del autobús. El maletín le hacía estorbo al adelantarse. Se acomodó el pantalón, adjunto a una mujer sentada frente a él, vestida de uniforme verde y un lasito rojo abrazado del cuello. Le descubrió el borde del seno apretujado en la blusa entreabierta, el busto temblando a cada movimiento. La vio percatarse del descuido y sonreírle; levantarse y rozarle la entrepierna con la cadera; bajarse por atrás y caminar, detenerse y olvidarlo…